[Ilustración] Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas por Lewis Carroll LA EDICIÓN MILLENNIUM FULCRUM 3.0 Índice CAPÍTULO I. En la madriguera del conejo CAPÍTULO II. El charco de lágrimas CAPÍTULO III. Una carrera de comité y un cuento largo CAPÍTULO IV. El conejo manda a un pequeño Bill CAPÍTULO V. Consejos de una oruga CAPÍTULO VI. Cerdo y pimienta CAPÍTULO VII. Una merienda de locos CAPÍTULO VIII. El campo de croquet de la reina CAPÍTULO IX. La historia de la falsa tortuga CAPÍTULO X. La cuadrilla de la langosta CAPÍTULO XI. ¿Quién robó las tartas? CAPÍTULO XII. La evidencia de Alicia CAPÍTULO I. En la madriguera del conejo Alicia empezaba a estar muy cansada de sentarse junto a su hermana en la orilla, y de no tener nada que hacer: una o dos veces había echado un vistazo al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni conversaciones en él, «¿y de qué sirve un libro», pensó Alicia «sin dibujos ni conversaciones?». Así que estaba considerando en su mente (tan bien como podía, pues el caluroso día la hacía sentirse muy somnolienta y atontada) si el placer de hacer una cadena de margaritas valdría la pena de levantarse y recoger las margaritas, cuando de repente un Conejo Blanco de ojos rosados pasó corriendo cerca de ella. No había nada tan _muy_ notable en eso; ni Alicia pensó que fuera tan _muy_ fuera de lo común oír al Conejo decirse a sí mismo: «¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¡Voy a llegar tarde!» (cuando lo pensó después, se le ocurrió que debería haberse asombrado de esto, pero en ese momento todo le pareció bastante natural); pero cuando el Conejo realmente _sacó un reloj de su bolsillo del chaleco_, y lo miró, y luego se apresuró, Alicia se puso de pie de un salto, pues le pasó por la mente que nunca antes había visto un conejo con un bolsillo de chaleco, ni con un reloj que sacar de él, y ardiendo de curiosidad, corrió por el campo tras él, y afortunadamente llegó justo a tiempo de verlo meterse en una gran madriguera de conejo bajo el seto. En otro momento Alicia bajó tras él, sin considerar ni una sola vez cómo diablos iba a salir de nuevo. La madriguera del conejo seguía recta como un túnel durante un trecho, y luego se hundía de repente hacia abajo, tan de repente que Alicia no tuvo un momento para pensar en detenerse antes de encontrarse cayendo por un pozo muy profundo. O el pozo era muy profundo, o ella caía muy despacio, pues tuvo tiempo de sobra mientras descendía para mirar a su alrededor y preguntarse qué iba a pasar después. Primero, intentó mirar hacia abajo y distinguir a qué se acercaba, pero estaba demasiado oscuro para ver nada; entonces miró los lados del pozo, y notó que estaban llenos de armarios y estanterías; aquí y allá vio mapas y dibujos colgados de clavijas. Cogió un frasco de uno de los estantes al pasar; tenía la etiqueta «MERMELADA DE NARANJA», pero para su gran decepción estaba vacío: no quiso tirar el frasco por miedo de matar a alguien debajo, así que logró meterlo en uno de los armarios mientras caía junto a él. —¡Vaya! —pensó Alicia para sus adentros—. ¡Después de una caída como esta, rodar por las escaleras me parecerá poca cosa! ¡Qué valiente me creerán todos en casa! ¡Si hasta sería capaz de no decir nada de esto, aunque me cayera desde lo alto de la casa! (Lo cual era muy probable que fuera cierto.) Abajo, abajo, abajo. ¿No tendría fin _nunca_ aquella caída? —Me pregunto cuántas millas habré caído ya —dijo en voz alta—. Debo de estar llegando a algún sitio cerca del centro de la tierra. Veamos: eso estaría a unas cuatro mil millas de profundidad, creo... (pues, como ven, Alicia había aprendido varias cosas de este tipo en sus lecciones del aula, y aunque aquella no era una _muy_ buena ocasión para presumir de sus conocimientos, como no había nadie escuchándola, seguía siendo una buena práctica repetirlo) —...sí, esa debe de ser más o menos la distancia correcta... pero entonces me pregunto en qué latitud o longitud habré ido a parar. (Alicia no tenía ni idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le parecían palabras muy bonitas y solemnes para decir.) Al poco rato volvió a empezar. —¡Me pregunto si caeré justo _atravesando_ la tierra! ¡Qué gracioso parecerá salir entre las gentes que andan con la cabeza hacia abajo! Las Antipatías, creo... (se alegró bastante de que _no_ hubiera nadie escuchando esta vez, pues no sonaba en absoluto como la palabra correcta) —...pero tendré que preguntarles cómo se llama el país, ¿saben? Disculpe, señora, ¿esto es Nueva Zelanda o Australia? (y trató de hacer una reverencia mientras hablaba... ¡imagínense hacer una _reverencia_ mientras se cae por el aire! ¿Creen que serían capaces?) —Y qué ignorante me tomará por preguntar eso. No, no servirá de nada preguntar: quizá lo vea escrito en algún sitio. Abajo, abajo, abajo. No había nada más que hacer, así que Alicia pronto volvió a hablar. —¡Dinah me echará mucho de menos esta noche, me imagino! (Dinah era la gata.) Espero que se acuerden de ponerle su platito de leche a la hora del té. ¡Dinah, querida! ¡Cómo me gustaría que estuvieras aquí abajo conmigo! Me temo que no hay ratones en el aire, pero podrías atrapar un murciélago, y se parece mucho a un ratón, ¿sabes? Pero ¿comen murciélagos los gatos?, me pregunto. Y aquí Alicia empezó a sentirse bastante somnolienta, y siguió diciéndose a sí misma, de una manera soñadora: —¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos? Y a veces: —¿Comen gatos los murciélagos? Pues, como no podía responder a ninguna de las dos preguntas, daba igual cómo lo formulara. Sentía que se estaba quedando dormida, y acababa de empezar a soñar que caminaba de la mano de Dinah y le decía muy seriamente: —Vamos, Dinah, dime la verdad: ¿has comido alguna vez un murciélago? Cuando de repente, ¡pum! ¡pum! fue a dar sobre un montón de ramas y hojas secas, y la caída se terminó. Alicia no se hizo nada de daño, y en un instante se puso de pie: miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro por encima; ante ella había otro largo pasaje, y el Conejo Blanco aún estaba a la vista, apresurándose por él. No había ni un momento que perder: Alicia salió disparada como el viento, y llegó justo a tiempo de oírle decir, al doblar una esquina: —¡Ay, mis orejas y mis bigotes, qué tarde se está haciendo! Estaba muy cerca de él cuando dobló la esquina, pero el Conejo ya no estaba a la vista: se encontró en un salón largo y bajo, iluminado por una hilera de lámparas que colgaban del techo. Había puertas por todo el salón, pero todas estaban cerradas con llave; y después de recorrer uno de los lados y luego el otro, probando todas las puertas, Alicia caminó tristemente por el centro, preguntándose cómo se las arreglaría para volver a salir. De repente se topó con una mesita de tres patas, toda ella de cristal macizo; no había nada sobre ella excepto una diminuta llave de oro, y el primer pensamiento de Alicia fue que podría pertenecer a alguna de las puertas del salón; pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes, o la llave era demasiado pequeña, pero en cualquier caso no abría ninguna de ellas. Sin embargo, a la segunda vuelta, descubrió una cortina baja que no había notado antes, y detrás de ella había una pequeña puerta de unos quince centímetros de alto: probó la llavecita de oro en la cerradura y, para su gran alegría, ¡encajaba! Alicia abrió la puerta y descubrió que daba a un pequeño pasaje, no mucho más grande que una ratonera: se arrodilló y miró a lo largo del pasaje hacia el jardín más hermoso que jamás hayan visto. Cómo ansiaba salir de aquel salón oscuro y pasear entre aquellos arriates de flores brillantes y aquellas fuentes frescas, pero ni siquiera podía meter la cabeza por la puerta; —y aunque mi cabeza pasara —pensó la pobre Alicia—, de poco serviría sin mis hombros. ¡Oh, cómo me gustaría poder encogerme como un telescopio! Creo que podría, si supiera cómo empezar. Pues, como ven, últimamente habían ocurrido tantas cosas extraordinarias que Alicia había empezado a pensar que muy pocas cosas eran realmente imposibles. No parecía haber razón para quedarse esperando junto a la pequeña puerta, así que volvió a la mesa, con la esperanza de encontrar otra llave en ella, o al menos un libro de instrucciones para encoger a la gente como telescopios: esta vez encontró sobre ella una botellita (—que desde luego no estaba aquí antes —dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con las palabras «BÉBEME», bellamente impresas en ella con letras grandes. Estaba muy bien decir "Bébeme", pero la sabia pequeña Alicia no iba a hacer _eso_ a las prisas. "No, primero miraré", se dijo, "y veré si pone '_veneno_' o no"; pues había leído varias historias bonitas sobre niños que se habían quemado, y habían sido devorados por bestias salvajes y otras cosas desagradables, todo porque _no_ querían recordar las sencillas reglas que sus amigos les habían enseñado: como que un atizador al rojo vivo te quemará si lo sostienes demasiado tiempo; y que si te cortas el dedo _muy_ profundamente con un cuchillo, normalmente sangra; y nunca había olvidado que, si bebes mucho de una botella marcada "veneno", es casi seguro que te sentará mal, tarde o temprano. Sin embargo, esta botella _no_ estaba marcada como "veneno", así que Alicia se aventuró a probarla, y al encontrarla muy rica, (tenía, de hecho, una especie de sabor mezclado de tarta de cereza, natillas, piña, pavo asado, toffee y tostada caliente con mantequilla,) muy pronto se la terminó. * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * "¡Qué sensación tan curiosa!" dijo Alicia; "debo de estar cerrándome como un telescopio." Y así era en efecto: ahora medía solo diez pulgadas de altura, y su rostro se iluminó al pensar que ahora tenía el tamaño adecuado para pasar por la puerta pequeña hacia ese precioso jardín. Primero, sin embargo, esperó unos minutos para ver si iba a encogerse más: se sentía un poco nerviosa por esto; "porque podría acabar, ya sabes", se dijo Alicia a sí misma, "en que desaparezca del todo, como una vela. Me pregunto cómo sería entonces." Y trató de imaginarse cómo es la llama de una vela después de que la vela se apaga, pues no recordaba haber visto nunca tal cosa. Al cabo de un rato, al ver que no pasaba nada más, decidió entrar en el jardín de inmediato; pero, ¡ay, pobre Alicia!, cuando llegó a la puerta, descubrió que había olvidado la pequeña llave dorada, y cuando volvió a la mesa a buscarla, descubrió que no podía alcanzarla de ninguna manera: podía verla con toda claridad a través del cristal, e intentó con todas sus fuerzas trepar por una de las patas de la mesa, pero era demasiado resbaladiza; y cuando se hubo cansado de tanto intentarlo, la pobre pequeñaja se sentó y se echó a llorar. "¡Vamos, no sirve de nada llorar así!" se dijo Alicia a sí misma, con bastante severidad; "¡te aconsejo que lo dejes ahora mismo!" Por lo general se daba muy buenos consejos, (aunque muy rara vez los seguía), y a veces se regañaba con tanta severidad que se le saltaban las lágrimas; y una vez recordó haber intentado darse bofetadas a sí misma por haberse hecho trampas en una partida de croquet que jugaba contra sí misma, pues esta curiosa niña era muy aficionada a fingir ser dos personas. "Pero ahora no sirve de nada", pensó la pobre Alicia, "¡fingir ser dos personas! ¡Vaya, si apenas queda suficiente de mí para formar _una_ persona respetable!" Pronto su vista cayó sobre una pequeña caja de cristal que estaba tirada bajo la mesa: la abrió y encontró dentro un pastelito muy pequeño, en el que las palabras "CÓMEME" estaban bellamente marcadas con pasas de corinto. "Bueno, me lo comeré", dijo Alicia, "y si me hace crecer más, podré alcanzar la llave; y si me hace encoger, podré deslizarme por debajo de la puerta; así que de cualquier manera entraré en el jardín, ¡y no me importa lo que pase!" Comió un trocito y se dijo ansiosamente: "¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?", con la mano en la coronilla para sentir hacia dónde crecía, y se sorprendió mucho al descubrir que seguía del mismo tamaño: ciertamente, esto es lo que suele pasar cuando uno come pastel, pero Alicia se había acostumbrado tanto a esperar que solo ocurrieran cosas extraordinarias, que le pareció bastante aburrido y estúpido que la vida siguiera su curso normal. Así que se puso a ello y muy pronto se terminó el pastel. * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * CAPÍTULO II. El charco de lágrimas "¡Cada vez más curioso y más curioso!" exclamó Alicia (estaba tan sorprendida que por el momento se olvidó por completo de cómo hablar bien inglés); "¡ahora me estoy abriendo como el telescopio más grande que jamás haya existido! ¡Adiós, pies!" (pues cuando miró hacia abajo, sus pies parecían estar casi fuera de la vista, se alejaban tanto). "Oh, mis pobres piececitos, me pregunto quién os pondrá ahora los zapatos y las medias, queridos. ¡Estoy segura de que _yo_ no podré! Estaré demasiado lejos para preocuparme por vosotros: tendréis que arreglároslas lo mejor que podáis;—pero debo ser amable con ellos", pensó Alicia, "¡o quizá no caminen en la dirección que yo quiero ir! A ver: les regalaré un par de botas nuevas cada Navidad." Y siguió planeando para sí misma cómo lo gestionaría. "Tendrán que ir por el transportista", pensó; "¡y qué gracioso parecerá enviar regalos a los pies de una misma! ¡Y qué raro quedará la dirección! _Alicia, Pie Derecho, Esq., Alfombrilla, junto al Guardafuego,_ (_con el cariño de Alicia_). ¡Ay, madre, qué tonterías estoy diciendo!" Justo entonces su cabeza chocó contra el techo del vestíbulo: de hecho, ahora medía más de nueve pies de altura, y al instante cogió la pequeña llave dorada y se apresuró hacia la puerta del jardín. ¡Pobre Alicia! Lo único que podía hacer, tumbada de lado, era mirar con un ojo hacia el jardín; pero atravesarlo era más desesperanzador que nunca: se sentó y se puso a llorar de nuevo. —Deberías avergonzarte de ti misma —dijo Alicia—, ¡una niña tan grande como tú —bien podía decirlo—, ponerse a llorar de esta manera! ¡Para ya ahora mismo, te lo digo! Pero siguió llorando igual, derramando galones de lágrimas, hasta que se formó un gran charco a su alrededor, de unos cuatro dedos de profundidad y que llegaba hasta la mitad del vestíbulo. Al cabo de un rato oyó un leve repiqueteo de pies en la distancia, y se secó aprisa los ojos para ver qué se acercaba. Era el Conejo Blanco que volvía, espléndidamente vestido, con un par de guantes blancos de cabritilla en una mano y un gran abanico en la otra: venía trotando con mucha prisa, murmurando para sí mientras se acercaba: «¡Oh! ¡La Duquesa, la Duquesa! ¡Ay! ¡Cómo se va a poner si la he hecho esperar!» Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedir ayuda a cualquiera; así que, cuando el Conejo se acercó, comenzó, con voz baja y tímida: —Si me hace el favor, señor... El Conejo dio un salto violento, soltó los guantes blancos de cabritilla y el abanico, y se escabulló hacia la oscuridad tan rápido como pudo. Alicia recogió el abanico y los guantes, y, como el vestíbulo hacía mucho calor, siguió abanicándose todo el tiempo que continuó hablando: —¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué raro está todo hoy! Y ayer las cosas sucedían con toda normalidad. ¿Me habrán cambiado durante la noche? A ver, piensa: ¿era yo la misma cuando me levanté esta mañana? Casi diría que recuerdo haberme sentido un poco diferente. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es: ¿quién soy, entonces? ¡Ah, _ese_ es el gran enigma! Y se puso a pensar en todas las niñas que conocía de su misma edad, para ver si la habrían cambiado por alguna de ellas. —Estoy segura de que no soy Ada —dijo—, porque su pelo cae en unos tirabuzones larguísimos, y el mío no se riza nada; y estoy segura de que no puedo ser Mabel, porque yo sé muchísimas cosas, y ella, ¡ay!, ¡sabe tan poquísimo! Además, _ella_ es ella, y _yo_ soy yo, y... ¡ay, Dios, qué confuso es todo! Voy a probar si sé todas las cosas que solía saber. A ver: cuatro por cinco son doce, y cuatro por seis son trece, y cuatro por siete son... ¡ay, Dios! ¡A ese paso nunca llegaré a veinte! En fin, la tabla de multiplicar no importa: probemos con Geografía. Londres es la capital de París, y París es la capital de Roma, y Roma... no, ¡_eso_ está todo mal, estoy segura! ¡Me habrán cambiado por Mabel! Voy a intentar decir «_Cómo hace la pequeña_...» —y cruzó las manos sobre el regazo como si estuviera recitando lecciones, y empezó a repetirlo, pero su voz sonó ronca y extraña, y las palabras no le salían como solían: «Cómo hace la pequeña cocodrilo para mejorar su brillante cola, y verter las aguas del Nilo sobre cada escama de oro. »Qué alegremente parece sonreír, qué bien extiende sus garras, y da la bienvenida a los pececitos con sus mandíbulas suavemente sonrientes.» —Estoy segura de que esas no son las palabras correctas —dijo la pobre Alicia, y se le llenaron otra vez los ojos de lágrimas mientras continuaba—: Debo de ser Mabel después de todo, y tendré que ir a vivir en esa casita tan estrecha, y casi no tendré juguetes con los que jugar, y ¡ay! ¡tantísimas lecciones que aprender! No, ya me he decidido: si soy Mabel, ¡me quedo aquí abajo! De nada servirá que asomen la cabeza y digan «¡Sube otra vez, querida!». Yo solo levantaré la vista y diré: «¿Quién soy entonces? Decídmelo primero, y luego, si me gusta ser esa persona, subiré; si no, me quedaré aquí abajo hasta ser otra»... pero ¡ay, Dios! —exclamó Alicia con un repentino arrebato de llanto—. ¡Ojalá _asomaran_ la cabeza! ¡Estoy tan _harta_ de estar aquí sola! Mientras decía esto, bajó la vista hacia sus manos y se sorprendió al ver que se había puesto uno de los pequeños guantes blancos de cabritilla del Conejo mientras hablaba. —¿Cómo _he podido_ hacer eso? —pensó—. Debo de estar encogiendo otra vez. Se levantó y fue a la mesa para medirse con ella, y comprobó que, según podía calcular, ahora medía unos sesenta centímetros, y seguía encogiendo rápidamente: pronto descubrió que la causa era el abanico que sostenía, y lo soltó a toda prisa, justo a tiempo de evitar encogerse hasta desaparecer del todo. “¡Eso _sí_ que fue escapar por un pelo!”, dijo Alicia, bastante asustada por el cambio repentino, pero muy contenta de comprobar que seguía existiendo; “¡y ahora, al jardín!”, y corrió a toda velocidad de vuelta a la puertecita: pero ¡ay!, la puertecita estaba cerrada de nuevo, y la llavecita dorada seguía sobre la mesita de cristal como antes, “y las cosas están peor que nunca”, pensó la pobre niña, “¡pues nunca había sido tan pequeña como ahora, nunca! ¡Y les digo que es demasiado, vamos, que lo es!” Al decir estas palabras, su pie resbaló y, al momento siguiente, ¡zas!, el agua salada le llegaba hasta la barbilla. Su primera idea fue que de algún modo había caído al mar, “y en ese caso puedo volver en tren”, se dijo para sí. (Alicia había ido a la costa una vez en su vida y había llegado a la conclusión general de que, vayas adonde vayas en la costa inglesa, encuentras una serie de casetas de baño en el mar, unos niños cavando en la arena con palas de madera, luego una hilera de casas de huéspedes y, detrás de ellas, una estación de ferrocarril.) Sin embargo, pronto se dio cuenta de que estaba en el charco de lágrimas que había derramado cuando medía nueve pies de altura. “¡Ojalá no hubiera llorado tanto!”, dijo Alicia, mientras nadaba de un lado a otro intentando encontrar la salida. “Ahora me castigarán por ello, supongo, ¡ahogándome en mis propias lágrimas! ¡Eso _sí_ que sería una cosa rara, desde luego! Aunque, total, hoy todo es raro.” En ese momento oyó algo chapoteando en el charco un poco más allá, y nadó hacia allí para averiguar qué era: al principio pensó que debía de ser una morsa o un hipopótamo, pero luego recordó lo pequeña que era ahora y pronto se dio cuenta de que solo era un ratón que había resbalado y caído dentro, igual que ella. “¿Serviría de algo ahora”, pensó Alicia, “hablarle a este ratón? Todo es tan extraño aquí abajo que muy bien podría hablar: en cualquier caso, no hay nada de malo en intentarlo.” Así que empezó: “Oh, Ratón, ¿sabes cómo salir de este charco? Estoy muy cansada de nadar por aquí, ¡oh, Ratón!” (Alicia pensó que esa debía de ser la forma correcta de dirigirse a un ratón: nunca había hecho tal cosa, pero recordaba haber visto en la gramática latina de su hermano: “Un ratón—de un ratón—a un ratón—ratón—¡oh, ratón!”) El Ratón la miró con bastante curiosidad y a ella le pareció que le guiñaba uno de sus ojitos, pero no dijo nada. “Quizá no entiende inglés”, pensó Alicia; “apuesto a que es un ratón francés, venido con Guillermo el Conquistador.” (Pues, con todo su conocimiento de historia, Alicia no tenía una idea muy clara de cuánto tiempo atrás habían ocurrido las cosas.) Así que empezó de nuevo: “Où est ma chatte?”, que era la primera frase de su libro de francés. El Ratón dio un salto repentino fuera del agua y pareció estremecerse entero de miedo. “¡Oh, le pido perdón!”, exclamó Alicia apresuradamente, temiendo haber herido los sentimientos del pobre animal. “Me olvidé por completo de que a usted no le gustan los gatos.” “¡Cómo que no me gustan los gatos!”, gritó el Ratón con voz aguda y apasionada. “¿A _usted_ le gustarían los gatos si fuera yo?” “Bueno, quizá no”, dijo Alicia en tono tranquilizador: “no se enfade por eso. Y sin embargo, me gustaría poder mostrarle a nuestra gata Dinah: creo que le tomaría cariño a los gatos si pudiera verla. Es una criatura tan buena y tan tranquila”, continuó Alicia, medio hablando para sí, mientras nadaba perezosamente por el charco, “y se sienta a ronronear tan ricamente junto al fuego, lamiéndose las patas y lavándose la cara... y es una cosa tan suave y agradable de acariciar... y es tan excelente cazando ratones... ¡oh, le pido perdón!”, exclamó Alicia de nuevo, pues esta vez el Ratón estaba erizado por completo y ella estaba segura de que debía de sentirse realmente ofendido. “No hablaremos más de ella si prefiere que no.” “¡Vaya que no!”, gritó el Ratón, que temblaba hasta la punta de la cola. “¡Como si _yo_ fuera a hablar de semejante tema! Nuestra familia siempre _odiaba_ a los gatos: ¡cosas asquerosas, bajas y vulgares! ¡No vuelva a dejarme oír ese nombre!” “¡No lo haré, de veras!”, dijo Alicia, apresurándose mucho a cambiar de tema de conversación. “¿Es usted... es usted aficionado... a... a los perros?” El Ratón no respondió, así que Alicia continuó con entusiasmo: “¡Hay un perrito tan lindo cerca de nuestra casa que me encantaría mostrarle! Un terrier pequeñito de ojos brillantes, ¿sabe?, ¡con un pelo castaño, largo y rizado, ay, tan bonito! Y va a buscar las cosas cuando se las lanzas, y se sienta y pide de comer, y toda clase de cosas... no recuerdo ni la mitad... y es de un granjero, ¿sabe?, y él dice que es tan útil que vale cien libras. Dice que mata todas las ratas y... ¡ay, Dios!”, exclamó Alicia con tono afligido, “¡me temo que lo he ofendido otra vez!” Pues el Ratón se alejaba nadando de ella tan rápido como podía, y armaba bastante revuelo en el charco mientras se iba. Así que ella lo llamó suavemente: —¡Ratón querido! ¡Vuelve otra vez, y no hablaremos de gatos ni perros, si no te gustan! Cuando el Ratón oyó esto, se dio la vuelta y nadó lentamente de regreso hacia ella: su cara estaba bastante pálida (de pasión, pensó Alicia), y dijo con voz baja y temblorosa: —Vamos a la orilla, y entonces te contaré mi historia, y entenderás por qué odio a los gatos y a los perros. Era hora de irse, pues el charco se estaba llenando bastante con las aves y animales que habían caído en él: había un Pato y un Dodo, un Loro y un Aguilucho, y varias otras criaturas curiosas. Alicia guio el camino, y toda la comitiva nadó hacia la orilla. CAPÍTULO III. Una carrera de comité y un cuento largo Era, en verdad, una comitiva de aspecto muy extraño la que se reunió en la orilla: las aves con las plumas mojadas y pegadas, los animales con el pelaje adherido al cuerpo, y todos chorreando agua, de mal humor e incómodos. La primera pregunta, por supuesto, fue cómo secarse de nuevo: celebraron una consulta al respecto, y tras unos minutos le pareció bastante natural a Alicia encontrarse conversando familiarmente con ellos, como si los conociera de toda la vida. De hecho, tuvo una larga discusión con el Loro, que al final se puso de mal humor y solo decía: —Soy mayor que tú, y debo saber más. Y Alicia no estaba dispuesta a aceptarlo sin saber qué edad tenía, y como el Loro se negó rotundamente a decir su edad, no hubo más que hablar. Por fin el Ratón, que parecía ser una persona con autoridad entre ellos, gritó: —¡Sentaos todos y escuchadme! ¡Yo os secaré pronto! Todos se sentaron a la vez, formando un gran círculo, con el Ratón en el centro. Alicia mantenía los ojos fijos en él con ansiedad, pues estaba segura de que pillaría un buen resfriado si no se secaba muy pronto. —¡Ejem! —dijo el Ratón con aire importante—. ¿Estáis todos listos? Esto es lo más seco que sé. ¡Silencio general, por favor! "Guillermo el Conquistador, cuya causa fue favorecida por el papa, pronto se vio aceptado por los ingleses, que querían líderes y últimamente estaban muy acostumbrados a la usurpación y la conquista. Edwin y Morcar, los condes de Mercia y Northumbria..." —¡Uf! —dijo el Loro, con un escalofrío. —¡Perdón! —dijo el Ratón, frunciendo el ceño, pero muy cortésmente—: ¿Has hablado? —¡Yo no! —dijo el Loro apresuradamente. —Creí que sí —dijo el Ratón—. Continúo. "Edwin y Morcar, los condes de Mercia y Northumbria, se declararon por él: e incluso Stigand, el patriótico arzobispo de Canterbury, consideró aconsejable..." —¿Consideró _qué_? —dijo el Pato. —Consideró _lo_ —respondió el Ratón bastante malhumorado—: por supuesto que sabes lo que significa "lo". —Sé muy bien lo que significa "lo" cuando _yo_ encuentro algo —dijo el Pato—: generalmente es una rana o un gusano. La pregunta es, ¿qué encontró el arzobispo? El Ratón no hizo caso a esta pregunta, sino que continuó apresuradamente: —"...consideró aconsejable ir con Edgar Atheling a encontrarse con Guillermo y ofrecerle la corona. La conducta de Guillermo al principio fue moderada. Pero la insolencia de sus normandos..." ¿Cómo vais ahora, querida? —continuó, volviéndose hacia Alicia mientras hablaba. —Tan mojada como siempre —dijo Alicia con tono melancólico—: no parece secarme en absoluto. —En ese caso —dijo el Dodo solemnemente, poniéndose de pie—, propongo que se levante la sesión, para la adopción inmediata de remedios más enérgicos... —¡Habla en cristiano! —dijo el Aguilucho—. No entiendo la mitad de esas palabras largas y, además, ¡tampoco creo que tú las entiendas! Y el Aguilucho bajó la cabeza para ocultar una sonrisa: algunas de las otras aves rieron disimuladamente. —Lo que iba a decir —dijo el Dodo en tono ofendido— era que lo mejor para secarnos sería una carrera de comité. —¿Qué _es_ una carrera de comité? —dijo Alicia; no es que le importara mucho saberlo, pero el Dodo se había detenido como si pensara que _alguien_ debía hablar, y nadie más parecía dispuesto a decir nada. —Pues —dijo el Dodo—, la mejor manera de explicarlo es hacerlo. (Y, como quizá te gustaría probar la cosa tú mismo algún día de invierno, te contaré cómo lo organizó el Dodo.) Primero marcó un recorrido, en una especie de círculo (—la forma exacta no importa —dijo—), y luego colocaron a todos los participantes a lo largo del recorrido, aquí y allá. No había un "Uno, dos, tres, ¡ya!", sino que empezaban a correr cuando querían y paraban cuando querían, de modo que no era fácil saber cuándo había terminado la carrera. Sin embargo, después de haber estado corriendo media hora más o menos, y estando ya completamente secos, el Dodo gritó de repente: —¡La carrera ha terminado! Y todos se apiñaron a su alrededor, jadeando, y preguntando: —Pero ¿quién ha ganado? Esta pregunta el Dodo no pudo responderla sin pensar mucho, y se quedó sentado un buen rato con un dedo apoyado en la frente (la postura en la que sueles ver a Shakespeare en sus retratos), mientras los demás esperaban en silencio. Por fin el Dodo dijo: —_Todos_ han ganado, y todos deben recibir premios. —Pero ¿quién va a dar los premios? —preguntó todo un coro de voces. —¿Por qué, _ella_, por supuesto —dijo el Dodo, señalando a Alicia con un dedo—; y toda la concurrencia se apiñó a su alrededor, gritando confusamente: —¡Premios! ¡Premios! Alicia no tenía idea de qué hacer y, desesperada, metió la mano en el bolsillo y sacó una caja de confites (por suerte, el agua salada no había entrado en ella) y los repartió como premios. Había exactamente uno para cada uno. —Pero ella también debe tener un premio, ¿sabes? —dijo el Ratón. —Por supuesto —respondió el Dodo muy solemnemente—. ¿Qué más tienes en el bolsillo? —continuó, volviéndose hacia Alicia. —Solo un dedal —dijo Alicia con tristeza. —Pásalo acá —dijo el Dodo. Entonces todos se apiñaron a su alrededor una vez más, mientras el Dodo presentaba solemnemente el dedal, diciendo: —Rogamos que acepte este elegante dedal —y, cuando terminó este breve discurso, todos vitorearon. Alicia pensó que todo aquello era muy absurdo, pero todos parecían tan graves que no se atrevió a reír; y, como no se le ocurrió nada que decir, simplemente hizo una reverencia y tomó el dedal, poniendo la expresión más solemne que pudo. Lo siguiente fue comerse los confites: esto causó algo de ruido y confusión, ya que las aves grandes se quejaban de que no podían saborear los suyos, y las pequeñas se atragantaban y había que darles palmaditas en la espalda. Sin embargo, al fin terminó, y volvieron a sentarse en círculo y le pidieron al Ratón que les contara algo más. —Prometiste contarme tu historia, ¿sabes? —dijo Alicia—, y por qué odias... la C y la D —añadió en un susurro, medio temiendo que se ofendiera de nuevo. —¡La mía es una larga y triste cola! —dijo el Ratón, volviéndose hacia Alicia y suspirando. —_Es_ una larga cola, ciertamente —dijo Alicia, mirando con asombro la cola del Ratón—; pero ¿por qué la llamas triste? Y siguió dándole vueltas al asunto mientras el Ratón hablaba, de modo que su idea del relato era más o menos así: «Furia le dijo a un ratón, que encontró en la casa: "Vamos ambos a juicio: _yo_ te procesaré a _ti_.—Vamos, no aceptaré una negativa; debemos tener un juicio: pues realmente esta mañana no tengo nada que hacer." Dijo el ratón al sabueso: "Tal juicio, querido señor, sin jurado ni juez, sería perder el aliento." "Yo seré el juez, yo seré el jurado", dijo el astuto y viejo Furia: "juzgaré toda la causa y te condenaré a muerte."» —¡No estás prestando atención! —le dijo el Ratón a Alicia con severidad—. ¿En qué estás pensando? —Te pido perdón —dijo Alicia muy humildemente—: ibas por la quinta curva, creo. —¡_No_ iba por ahí! —gritó el Ratón, bruscamente y muy enojado. —¡Un nudo! —dijo Alicia, siempre dispuesta a ser útil, y mirando ansiosamente a su alrededor—. ¡Oh, déjame ayudarte a deshacerlo! —No haré nada de eso —dijo el Ratón, levantándose y alejándose—. ¡Me insultas hablando semejantes tonterías! —¡No era mi intención! —suplicó la pobre Alicia—. ¡Pero es que te ofendes tan fácilmente, sabes! El Ratón solo gruñó en respuesta. —¡Por favor, vuelve y termina tu historia! —le gritó Alicia; y los demás se unieron al coro: —¡Sí, por favor, vuelve! —pero el Ratón solo sacudió la cabeza con impaciencia y caminó un poco más rápido. —¡Qué lástima que no se quedara! —suspiró el Loro, en cuanto el Ratón estuvo fuera de vista; y un viejo Cangrejo aprovechó la ocasión para decirle a su hija: —¡Ah, querida! ¡Que esto te sirva de lección para no perder nunca _tu_ temperamento! —¡Cállate, mamá! —dijo la joven Cangrejo, un poco malhumorada—. ¡Eres capaz de agotar la paciencia de una ostra! —¡Ojalá tuviera aquí a nuestra Dina, de verdad que sí! —dijo Alicia en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular—. ¡Ella lo haría volver en seguida! —¿Y quién es Dina, si me atrevo a hacer la pregunta? —dijo el Loro. Alicia respondió con entusiasmo, pues siempre estaba dispuesta a hablar de su mascota: —Dina es nuestra gata. ¡Y es tan buena cazando ratones que no te lo puedes imaginar! ¡Y oh, cómo me gustaría que la vieras detrás de los pájaros! ¡Vamos, se comería un pajarito con solo mirarlo! Este discurso causó una sensación notable entre la concurrencia. Algunas aves se marcharon de inmediato: una vieja Urraca empezó a abrigarse con mucho cuidado, comentando: —Realmente debo irme a casa; ¡el aire de la noche no le sienta bien a mi garganta! Y un Canario llamó con voz temblorosa a sus hijos: —¡Vámonos, queridos! ¡Ya es hora de que todos estén en la cama! Con diversos pretextos, todos se fueron alejando, y Alicia pronto se quedó sola. —¡Ojalá no hubiera mencionado a Dina! —se dijo a sí misma en tono melancólico—. Parece que a nadie le cae bien aquí abajo, ¡y estoy segura de que es la mejor gata del mundo! ¡Oh, mi querida Dina! ¡Me pregunto si volveré a verte alguna vez! Y aquí la pobre Alicia se echó a llorar de nuevo, porque se sentía muy sola y desanimada. Al poco rato, sin embargo, volvió a oír un pequeño repiqueteo de pasos en la distancia, y alzó la vista ansiosamente, medio esperando que el Ratón hubiera cambiado de opinión y estuviera volviendo para terminar su historia. CAPÍTULO IV. El Conejo manda a un pequeño Bill Era el Conejo Blanco, que volvía trotando despacio y mirando ansiosamente a su alrededor mientras avanzaba, como si hubiera perdido algo; y ella lo oyó murmurar para sí: «¡La Duquesa! ¡La Duquesa! ¡Ay, mis queridas patitas! ¡Ay, mi pelo y mis bigotes! ¡Me hará ejecutar, tan seguro como que los hurones son hurones! ¿Dónde _puede_ habérseme caído, me pregunto?» Alicia adivinó en un instante que estaba buscando el abanico y el par de guantes blancos de cabritilla, y con mucha amabilidad se puso a buscarlos también, pero no se veían por ninguna parte: todo parecía haber cambiado desde su chapuzón en la charca, y el gran vestíbulo, con la mesa de cristal y la puertita, había desaparecido por completo. Muy pronto el Conejo advirtió a Alicia, que andaba buscando por allí, y le gritó con tono enfadado: —Vaya, Mary Ann, ¿qué _estás_ haciendo aquí fuera? ¡Corre a casa ahora mismo y tráeme un par de guantes y un abanico! ¡Rápido, vamos! Y Alicia se asustó tanto que echó a correr al instante en la dirección que él le indicaba, sin intentar explicarle el error que había cometido. «Me ha tomado por su criada —se dijo para sí mientras corría—. ¡Qué sorprendido se quedará cuando descubra quién soy! Pero más vale que le lleve su abanico y sus guantes, eso si consigo encontrarlos.» Al decir esto, llegó ante una casita muy ordenada, en cuya puerta había una reluciente placa de latón con el nombre «W. CONEJO» grabado. Entró sin llamar y subió las escaleras a toda prisa, temiendo mucho encontrarse con la verdadera Mary Ann y que la echaran de la casa antes de haber encontrado el abanico y los guantes. «Qué raro parece —se dijo Alicia— estar llevando recados a un conejo! ¡Supongo que Dinah será la siguiente en mandarme recados!» Y empezó a imaginarse la clase de cosas que pasarían: «¡Srta. Alicia! ¡Venga aquí ahora mismo y prepárese para su paseo!» «¡Voy en un minuto, niñera! Pero tengo que ver que el ratón no se escape.» Solo que no creo —siguió Alicia— que dejaran a Dinah quedarse en casa si empezara a dar órdenes a la gente de esa manera. Para entonces ya había llegado a una habitación pequeña y ordenada, con una mesa junto a la ventana, y sobre ella (como había esperado) un abanico y dos o tres pares de diminutos guantes blancos de cabritilla. Tomó el abanico y un par de los guantes, y justo iba a salir de la habitación cuando sus ojos cayeron sobre un frasquito que estaba cerca del espejo. Esta vez no tenía etiqueta con las palabras «BÉBEME», pero aun así lo descorchó y se lo llevó a los labios. «Sé que _algo_ interesante tiene que pasar —se dijo— siempre que como o bebo algo; así que voy a ver qué hace este frasco. Espero de veras que me haga crecer otra vez, porque la verdad es que estoy bastante cansada de ser una cosita tan pequeña.» Y así fue, en efecto, y mucho antes de lo que había esperado: antes de haberse bebido la mitad del frasco, se encontró con la cabeza apretada contra el techo y tuvo que agacharse para no romperse el cuello. Dejó el frasco de prisa, diciéndose: «Ya es bastante; espero no crecer más. Tal como estoy, no puedo salir por la puerta. ¡Ojalá no hubiera bebido tanto!» ¡Ay! ¡Ya era demasiado tarde para desearlo! Siguió creciendo y creciendo, y muy pronto tuvo que arrodillarse en el suelo; al minuto siguiente ya no había sitio ni para eso, e intentó tumbarse con un codo contra la puerta y el otro brazo enrollado alrededor de la cabeza. Aun así siguió creciendo, y, como último recurso, sacó un brazo por la ventana y metió un pie por la chimenea, y se dijo: «Ahora ya no puedo hacer más, pase lo que pase. ¿Qué _será_ de mí?» Por suerte para Alicia, el frasquito mágico ya había surtido todo su efecto y dejó de crecer; aun así, era muy incómodo, y como parecía no haber ninguna posibilidad de que volviera a salir de la habitación, no era de extrañar que se sintiera desdichada. «Se estaba mucho más a gusto en casa —pensó la pobre Alicia—, cuando una no tenía que estar siempre creciendo y disminuyendo, y recibiendo órdenes de ratones y conejos. Casi desearía no haber bajado por aquella madriguera; y sin embargo… y sin embargo… ¡es bastante curioso, sabes, esta clase de vida! Me pregunto qué _habrá_ podido pasarme. Cuando leía cuentos de hadas, me imaginaba que esas cosas no pasaban nunca, ¡y ahora aquí me tienes, en mitad de uno! Deberían escribir un libro sobre mí, ¡vaya que sí! Y cuando sea mayor, lo escribiré… pero ya soy mayor —añadió con tono afligido—; al menos _aquí_ ya no hay sitio para crecer más.» «Pero entonces —pensó Alicia—, ¿_nunca_ seré mayor de lo que soy ahora? Eso será un consuelo, en cierto modo: no llegar a ser nunca una anciana; pero, por otro lado, ¡tener siempre que aprender lecciones! ¡Oh, eso no me gustaría nada!» «¡Ay, qué tonta eres, Alicia! —se respondió a sí misma—. ¿Cómo vas a aprender lecciones aquí? Si apenas hay sitio para _ti_, ¡y no hay ninguno para libros de texto!» Y así siguió, adoptando primero un lado de la cuestión y luego el otro, y manteniendo en conjunto una auténtica conversación consigo misma; pero al cabo de unos minutos oyó una voz fuera y se detuvo a escuchar. —¡Mary Ann! ¡Mary Ann! —dijo la voz—. ¡Tráeme los guantes ahora mismo! Luego se oyó un pequeño repiqueteo de pies en la escalera. Alicia supo que era el Conejo que venía a buscarla, y tembló hasta hacer temblar la casa, olvidando por completo que ahora era unas mil veces más grande que el Conejo, y que no tenía ninguna razón para tenerle miedo. Al poco rato, el Conejo llegó a la puerta e intentó abrirla; pero como la puerta se abría hacia dentro y el codo de Alicia la presionaba con fuerza, el intento resultó un fracaso. Alicia lo oyó decirse a sí mismo: —Entonces daré la vuelta y entraré por la ventana. —¡Eso no lo harás! —pensó Alicia, y, después de esperar hasta que le pareció oír al Conejo justo debajo de la ventana, extendió de repente la mano e hizo un manotazo en el aire. No agarró nada, pero oyó un pequeño chillido, una caída y un estruendo de cristales rotos, de lo que dedujo que era muy posible que hubiera caído en un semillero de pepinos, o algo por el estilo. Después vino una voz furiosa —la del Conejo—: —¡Pat! ¡Pat! ¿Dónde estás? Y luego una voz que nunca había oído antes: —¡Vaya, pues aquí estoy! ¡Cavando para buscar manzanas, su señoría! —¡Cavando para buscar manzanas, nada menos! —dijo el Conejo enfadado—. ¡Ven aquí! ¡Ayúdame a salir de _esto!_ (Sonidos de más cristales rotos.) —Ahora dime, Pat, ¿qué es eso que hay en la ventana? —Vaya, es un brazo, su señoría. (Pronunció «brazo» como «braszo».) —¡Un brazo, tonto! ¿Quién ha visto nunca uno de ese tamaño? ¡Si llena toda la ventana! —Vaya, sí, su señoría; pero es un brazo a pesar de todo. —Bueno, de todos modos no tiene nada que hacer ahí: ¡ve y quítalo! Hubo un largo silencio después de esto, y Alicia solo podía oír susurros de vez en cuando, como: «¡Vaya, no me gusta nada, su señoría, pero que nada!», «¡Haz lo que te digo, cobarde!», y al final ella extendió la mano otra vez e hizo otro manotazo en el aire. Esta vez hubo _dos_ pequeños chillidos y más sonidos de cristales rotos. —¡Cuántos semilleros de pepinos debe haber! —pensó Alicia—. ¡Me pregunto qué harán ahora! En cuanto a sacarme por la ventana, ¡ojalá _pudieran!_ ¡Desde luego _yo_ no quiero quedarme aquí dentro ni un momento más! Esperó un rato sin oír nada más: al final llegó un retumbar de pequeñas ruedas de carretilla y el sonido de muchas voces hablando todas a la vez. Distinguió las palabras: «¿Dónde está la otra escalera? —Pero si yo solo tenía que traer una; Bill tiene la otra —¡Bill! ¡Trae la otra aquí, muchacho! —Venga, ponedlas en esta esquina —No, atadlas primero —todavía no llegan ni a la mitad de lo alto que hace falta —¡Oh! Ya servirán; no seáis tan exigentes —¡Eh, Bill! Agarra esta cuerda —¿Aguantará el tejado? —Cuidado con esa pizarra suelta —¡Ay, que se cae! ¡Agachad las cabezas!» (un gran estruendo) —«Ahora, ¿quién ha hecho eso? —Ha sido Bill, me parece —¿Quién va a bajar por la chimenea? —¡Pues _yo_ no! ¡Baja _tú_! —¡Eso sí que no! —Bill tiene que bajar —¡Eh, Bill! ¡El amo dice que bajes por la chimenea!» —¡Oh! ¿Así que Bill tiene que bajar por la chimenea, eh? —se dijo Alicia para sí—. ¡Vaya, parece que le echan todo a Bill! No me gustaría estar en el lugar de Bill ni por todo el oro del mundo: esta chimenea es estrecha, desde luego; pero _creo_ que puedo dar una patada. Metió el pie lo más abajo que pudo por la chimenea y esperó hasta que oyó a un animalito (no podía adivinar de qué clase era) arañando y forcejeando en la chimenea justo encima de ella. Entonces, diciéndose «Este es Bill», dio una patada seca y esperó a ver qué pasaba después. Lo primero que oyó fue un coro general de «¡Ahí va Bill!», luego la voz del Conejo —«¡Atrápalo, tú, el de junto al seto!»—, después silencio, y luego otra confusión de voces —«Sujétale la cabeza —Brandy, rápido —No lo ahoguéis —¿Cómo fue, amigo? ¿Qué te pasó? ¡Cuéntanoslo todo!» Por último llegó una vocecita débil y chillona («Ese es Bill», pensó Alicia): «Bueno, apenas lo sé —No más, gracias; ya estoy mejor —pero estoy demasiado alterado para contároslo —todo lo que sé es que algo me sale al encuentro como un diablillo saltarín, ¡y salgo disparado como un cohete!» —¡Pues sí que lo hiciste, amigo! —dijeron los otros. —¡Tenemos que quemar la casa! —dijo la voz del Conejo; y Alicia gritó tan fuerte como pudo: —¡Si lo hacéis, le echo encima a Dinah! Se hizo un silencio absoluto al instante, y Alicia pensó para sí: «¡Me pregunto qué harán _ahora!_ Si tuvieran algo de sentido común, quitarían el tejado.» Al cabo de un minuto o dos, empezaron a moverse de nuevo, y Alicia oyó al Conejo decir: —Con una carretada bastará, para empezar. —¿Una carretada de _qué?_ —pensó Alicia; pero no tardó mucho en salir de dudas, porque al momento siguiente una lluvia de piedrecitas entró repiqueteando por la ventana, y algunas le dieron en la cara. —Voy a poner fin a esto —se dijo a sí misma, y gritó: —¡Más os vale no volver a hacer eso! Lo cual produjo otro silencio absoluto. Alicia notó con cierta sorpresa que los guijarros se estaban convirtiendo en pequeñas tartas mientras yacían en el suelo, y una brillante idea le vino a la cabeza. "Si me como una de estas tartas", pensó, "seguro que provocará _algún_ cambio en mi tamaño; y como no puede hacerme más grande, tendrá que hacerme más pequeña, supongo". Así que se tragó una de las tartas y se alegró al descubrir que empezaba a encogerse de inmediato. En cuanto fue lo bastante pequeña para pasar por la puerta, salió corriendo de la casa y se encontró con un buen montón de animalitos y pájaros esperando fuera. El pobre Lagarto, Bill, estaba en el medio, sostenido por dos cobayas que le daban algo de una botella. Todos se abalanzaron sobre Alicia en el momento en que apareció; pero ella echó a correr tan rápido como pudo y pronto se encontró a salvo en un bosque espeso. "Lo primero que tengo que hacer", se dijo Alicia para sí, mientras deambulaba por el bosque, "es volver a mi tamaño correcto; y lo segundo es encontrar el camino a ese precioso jardín. Creo que ese será el mejor plan". Sin duda sonaba como un plan excelente, y muy bien y sencillamente organizado; la única dificultad era que no tenía la más mínima idea de cómo llevarlo a cabo; y mientras escudriñaba ansiosamente entre los árboles, un ladrido agudo justo por encima de su cabeza la hizo levantar la vista a toda prisa. Un perrito enorme la miraba desde arriba con grandes ojos redondos y estiraba débilmente una pata, tratando de tocarla. "¡Pobrecito!", dijo Alicia en tono halagador, y se esforzó por silbarle; pero estaba terriblemente asustada todo el tiempo ante la idea de que pudiera tener hambre, en cuyo caso sería muy probable que se la comiera a pesar de todos sus halagos. Sin saber apenas lo que hacía, recogió un palito y se lo tendió al perrito; ante lo cual el perrito saltó por los aires con las cuatro patas a la vez, con un gañido de alegría, y se abalanzó sobre el palo, fingiendo mordisquearlo; entonces Alicia se escondió detrás de un gran cardo para no ser arrollada; y en el momento en que apareció por el otro lado, el perrito volvió a abalanzarse sobre el palo y rodó patas arriba en su prisa por agarrarlo; entonces Alicia, pensando que aquello se parecía mucho a jugar con un caballo de tiro, y esperando a cada momento ser pisoteada bajo sus patas, volvió a correr alrededor del cardo; entonces el perrito comenzó una serie de breves embestidas hacia el palo, avanzando muy poquito cada vez y retrocediendo mucho, y ladrando roncamente todo el tiempo, hasta que por fin se sentó a buena distancia, jadeando, con la lengua fuera de la boca y sus grandes ojos entrecerrados. A Alicia le pareció una buena oportunidad para escapar; así que se puso en marcha de inmediato y corrió hasta quedar bastante cansada y sin aliento, y hasta que el ladrido del perrito sonó muy débil en la distancia. "¡Y sin embargo, qué perrito tan adorable era!", dijo Alicia, mientras se apoyaba contra un botón de oro para descansar y se abanicaba con una de las hojas: "Me habría encantado enseñarle trucos, ¡si... si tan solo hubiera tenido el tamaño adecuado para hacerlo! ¡Ay, Dios! ¡Casi me había olvidado de que tengo que volver a crecer! A ver... ¿_cómo_ se supone que se hace? Supongo que debería comer o beber algo; pero la gran pregunta es: ¿qué?" La gran pregunta era, sin duda, ¿qué? Alicia miró a su alrededor, a las flores y a las briznas de hierba, pero no vio nada que pareciera lo adecuado para comer o beber en aquellas circunstancias. Cerca de ella crecía una seta grande, más o menos de su misma altura; y después de mirar debajo de ella, y a ambos lados, y detrás, se le ocurrió que bien podría mirar y ver qué había encima. Se estiró de puntillas y se asomó por el borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato con los de una gran oruga azul, que estaba sentada encima con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa de agua, y sin prestarle la más mínima atención a ella ni a nada más. CAPÍTULO V. Consejo de una oruga La Oruga y Alicia se miraron el uno al otro en silencio durante un rato: por fin la Oruga se sacó la pipa de agua de la boca y se dirigió a ella con voz lánguida y somnolienta. "¿Quién es _usted?_", dijo la Oruga. No era un comienzo muy alentador para una conversación. Alicia respondió, bastante tímidamente: "Yo... yo apenas lo sé, señor, en este momento; al menos sé quién _era_ cuando me levanté esta mañana, pero creo que debo de haber cambiado varias veces desde entonces". "¿Qué quiere decir con eso?", dijo la Oruga con severidad. "¡Explíquese!" "Me temo que no puedo explicar _mi propia persona_, señor", dijo Alicia, "porque no soy yo misma, verá". "No veo", dijo la Oruga. "Me temo que no puedo expresarlo con más claridad", respondió Alicia muy cortésmente, "pues yo misma no lo entiendo para empezar; y tener tantos tamaños diferentes en un solo día es muy desconcertante". "No lo es", dijo la Oruga. "Bueno, quizá usted aún no lo haya encontrado así", dijo Alicia; "pero cuando tenga que convertirse en crisálida —lo hará algún día, ya sabe— y luego después en mariposa, creo que le parecerá un poco raro, ¿no?" "En absoluto", dijo la Oruga. —Bueno, puede que tus sentimientos sean distintos —dijo Alicia—; lo único que sé es que a _mí_ me parecería muy raro. —¡Tú! —dijo la Oruga con desdén—. ¿Y quién eres _tú_? Lo cual las devolvió al principio de la conversación. Alicia se sintió un poco irritada porque la Oruga hacía comentarios _tan_ breves, así que se irguió y dijo, muy solemnemente: —Creo que deberías decirme quién eres _tú_ primero. —¿Por qué? —dijo la Oruga. He aquí otra pregunta desconcertante; y como Alicia no pudo pensar en ninguna buena razón, y como la Oruga parecía estar de un humor _muy_ desagradable, se dio la vuelta y se marchó. —¡Vuelve! —le gritó la Oruga—. ¡Tengo algo importante que decir! Aquello sonaba prometedor, desde luego: Alicia se dio la vuelta y volvió. —Contrólate —dijo la Oruga. —¿Eso es todo? —dijo Alicia, tragándose la rabia lo mejor que pudo. —No —dijo la Oruga. Alicia pensó que bien podía esperar, ya que no tenía nada mejor que hacer, y quizá después de todo pudiera decirle algo que valiera la pena escuchar. Durante unos minutos la Oruga estuvo echando humo sin hablar, pero al fin desplegó los brazos, se sacó de nuevo la pipa de agua de la boca y dijo: —Así que crees que has cambiado, ¿eh? —Me temo que sí, señor —dijo Alicia—; no puedo recordar las cosas como antes... ¡y no mantengo el mismo tamaño ni diez minutos seguidos! —¿No puedes recordar _qué_ cosas? —dijo la Oruga. —Pues he intentado decir «Cómo hace la pequeña abeja afanosa», ¡pero todo me salió diferente! —respondió Alicia con voz muy melancólica. —Repite «_Viejo eres, padre Guillermo_» —dijo la Oruga. Alicia cruzó las manos y comenzó: —«Viejo eres, padre Guillermo —dijo el joven—, y muy blanca tienes ya la cabellera; y sin embargo te paras de cabeza sin cesar... ¿Crees que a tu edad eso es lo correcto?» —«En mi juventud —respondió el padre Guillermo a su hijo—, temía que pudiera dañarme el cerebro; mas ahora que estoy seguro de no tener ninguno, pues lo hago una y otra vez.» —«Viejo eres —dijo el joven—, como ya mencioné, y te has vuelto extraordinariamente gordo; y aun así diste una voltereta hacia atrás al entrar por la puerta... Dime, ¿cuál es la razón de eso?» —«En mi juventud —dijo el sabio, sacudiendo sus canas—, mantuve muy flexibles todos mis miembros gracias a este ungüento... un chelín la caja... ¿Me permites venderte un par?» —«Viejo eres —dijo el joven—, y tus mandíbulas son demasiado débiles para cualquier cosa más dura que el sebo; y aun así te comiste el ganso, con huesos y pico... Dime, ¿cómo te las arreglaste para hacerlo?» —«En mi juventud —dijo su padre—, me dediqué a la abogacía, y discutía cada caso con mi esposa; y la fuerza muscular que eso le dio a mi mandíbula me ha durado el resto de mi vida.» —«Viejo eres —dijo el joven—; apenas se supondría que tu vista siguiera tan firme como siempre; y aun así equilibriste una anguila en la punta de tu nariz... ¿Qué te hizo tan terriblemente hábil?» —«He respondido a tres preguntas, y con eso basta —dijo su padre—; ¡no te des aires! ¿Crees que puedo escuchar todo el día semejantes tonterías? ¡Lárgate, o te echo escaleras abajo a patadas!» —Eso no lo has dicho bien —dijo la Oruga. —No _del todo_ bien, me temo —dijo Alicia tímidamente—; algunas de las palabras han salido cambiadas. —Está mal de principio a fin —dijo la Oruga con decisión, y hubo silencio durante unos minutos. La Oruga fue la primera en hablar. —¿Qué tamaño quieres tener? —preguntó. —Oh, no soy exigente en cuanto al tamaño —respondió Alicia apresuradamente—; solo que a una no le gusta cambiar tan a menudo, ¿sabe? —Yo _no_ lo sé —dijo la Oruga. Alicia no dijo nada: nunca en su vida la habían contradicho tanto, y sentía que estaba perdiendo la paciencia. —¿Estás contenta ahora? —dijo la Oruga. —Bueno, me gustaría ser un _poco_ más grande, señor, si no le importa —dijo Alicia—: tres pulgadas es una altura realmente miserable. —¡Es una altura muy buena, desde luego! —dijo la Oruga con ira, irguiéndose mientras hablaba (medía exactamente tres pulgadas de alto). —¡Pero no estoy acostumbrada a ella! —suplicó la pobre Alicia en tono lastimero. Y pensó para sí: «¡Ojalá estas criaturas no se ofendieran tan fácilmente!» —Ya te acostumbrarás con el tiempo —dijo la Oruga; y se metió la pipa de agua en la boca y empezó a fumar de nuevo. Esta vez Alicia esperó pacientemente hasta que la Oruga decidió hablar otra vez. Al cabo de un minuto o dos, la Oruga se sacó la pipa de agua de la boca, bostezó una o dos veces y se sacudió. Luego bajó del hongo y se alejó arrastrándose entre la hierba, limitándose a comentar mientras se iba: —Un lado te hará crecer más alta, y el otro lado te hará crecer más baja. —¿Un lado de _qué_? ¿El otro lado de _qué_? —pensó Alicia para sí. —Del hongo —dijo la Oruga, justo como si ella lo hubiera preguntado en voz alta; y al momento siguiente había desaparecido de la vista. Alicia se quedó mirando pensativamente el hongo durante un minuto, tratando de averiguar cuáles eran sus dos lados; y como era perfectamente redondo, encontró que era una pregunta muy difícil. Sin embargo, al final extendió los brazos a su alrededor tanto como pudo y arrancó un trocito del borde con cada mano. —Y ahora, ¿cuál es cuál? —se dijo a sí misma, y mordisqueó un poco del trozo de la mano derecha para probar el efecto: al momento siguiente sintió un golpe violento bajo la barbilla: ¡le había dado en el pie! Estaba bastante asustada por este cambio tan repentino, pero sintió que no había tiempo que perder, ya que estaba encogiendo rápidamente; así que se puso manos a la obra de inmediato para comer un poco del otro trozo. Tenía la barbilla tan pegada contra el pie que apenas había espacio para abrir la boca; pero lo consiguió al fin, y logró tragar un bocado del trozo de la mano izquierda. * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * —¡Vamos, por fin tengo la cabeza libre! —dijo Alicia en un tono de deleite, que se transformó en alarma al momento siguiente, cuando descubrió que sus hombros no estaban por ninguna parte: todo lo que podía ver, al mirar hacia abajo, era una inmensa extensión de cuello, que parecía alzarse como un tallo desde un mar de hojas verdes que yacía muy por debajo de ella. —¿Qué _puede_ ser toda esa cosa verde? —dijo Alicia—. ¿Y adónde _han_ ido a parar mis hombros? Y, oh, mis pobres manos, ¿cómo es que no puedo veros? Las movía de un lado a otro mientras hablaba, pero no parecía seguirse ningún resultado, salvo un pequeño temblor entre las distantes hojas verdes. Como no parecía haber posibilidad de subir las manos hasta la cabeza, intentó bajar la cabeza hasta ellas, y se alegró de descubrir que su cuello se doblaba con facilidad en cualquier dirección, como una serpiente. Acababa de conseguir curvarlo hacia abajo formando un elegante zigzag, y estaba a punto de sumergirse entre las hojas, que descubrió que no eran más que las copas de los árboles bajo los cuales había estado vagando, cuando un agudo siseo la hizo retroceder a toda prisa: una gran paloma había volado hacia su cara y la golpeaba violentamente con las alas. —¡Serpiente! —chilló la Paloma. —¡_No_ soy una serpiente! —dijo Alicia indignada—. ¡Déjame en paz! —¡Serpiente, repito! —repitió la Paloma, pero en un tono más suave, y añadió con una especie de sollozo—: ¡He probado de todas las maneras, y nada parece satisfacerlas! —No tengo la menor idea de qué estás hablando —dijo Alicia. —He probado las raíces de los árboles, he probado las orillas y he probado los setos —continuó la Paloma, sin hacerle caso—; ¡pero esas serpientes! ¡No hay manera de complacerlas! Alicia estaba cada vez más desconcertada, pero pensó que no servía de nada decir más hasta que la Paloma hubiera terminado. —Como si no fuera suficiente problema empollar los huevos —dijo la Paloma—, ¡sino que además tengo que estar vigilando serpientes día y noche! ¡Vaya, no he pegado ojo en tres semanas! —Siento mucho que te hayan molestado —dijo Alicia, que empezaba a comprender su significado. —¡Y justo cuando había tomado el árbol más alto del bosque —continuó la Paloma, alzando la voz hasta convertirse en un chillido—, y justo cuando pensaba que por fin me vería libre de ellas, tienen que venir reptando desde el cielo! ¡Uf, serpiente! —¡Pero _no_ soy una serpiente, te lo digo! —dijo Alicia—. Soy una... soy una... —¡Bueno! ¿_Qué_ eres? —dijo la Paloma—. ¡Veo que estás intentando inventarte algo! —Yo... soy una niña pequeña —dijo Alicia, bastante dudosa, al recordar la cantidad de cambios que había sufrido aquel día. —¡Vaya una historia más creíble! —dijo la Paloma con el tono del más profundo desprecio—. He visto unas cuantas niñas pequeñas en mi tiempo, ¡pero nunca _una_ con un cuello como ese! ¡No, no! Eres una serpiente, y no sirve de nada negarlo. ¡Supongo que lo próximo que me dirás es que nunca has probado un huevo! —_Sí_ he probado huevos, desde luego —dijo Alicia, que era una niña muy sincera—; pero las niñas pequeñas comen huevos tanto como las serpientes, ¿sabes? —No me lo creo —dijo la Paloma—; pero si lo hacen, entonces son una especie de serpiente, eso es todo lo que puedo decir. Esta era una idea tan nueva para Alicia, que se quedó completamente callada durante un minuto o dos, lo que le dio a la Paloma la oportunidad de añadir: —Estás buscando huevos, eso lo sé _muy_ bien; y ¿qué me importa a mí si eres una niña pequeña o una serpiente? —A _mí_ me importa bastante —dijo Alicia apresuradamente—; pero no estoy buscando huevos, da la casualidad; y si lo estuviera, no querría _los tuyos_: no me gustan crudos. —¡Bueno, pues lárgate! —dijo la Paloma en tono malhumorado, mientras se acomodaba de nuevo en su nido. Alicia se agachó entre los árboles lo mejor que pudo, pues su cuello no dejaba de enredarse entre las ramas, y cada dos por tres tenía que parar y desenredarlo. Al cabo de un rato recordó que todavía sostenía los trozos de seta en las manos, y se puso a la tarea con mucho cuidado, mordisqueando primero uno y luego el otro, y creciendo unas veces más alta y otras más baja, hasta que logró reducirse a su altura habitual. Hacía tanto tiempo que no tenía ni de lejos su tamaño normal, que al principio le resultó muy extraño; pero en unos minutos se acostumbró y empezó a hablar consigo misma, como de costumbre. —¡Vamos, ya tengo la mitad de mi plan hecho! ¡Qué desconcertantes son todos estos cambios! ¡Nunca estoy segura de lo que voy a ser de un minuto a otro! Sin embargo, he recuperado mi tamaño normal: lo siguiente es entrar en ese hermoso jardín... ¿_cómo_ se hará eso, me pregunto? Mientras decía esto, llegó de pronto a un claro donde había una casita de unos cuatro pies de altura. —Quienquiera que viva ahí —pensó Alicia—, no puede ser que me presente ante ellos con _este_ tamaño: ¡vamos, los asustaría muchísimo! Así que empezó a mordisquear otra vez el trozo de la mano derecha, y no se atrevió a acercarse a la casa hasta haberse reducido a nueve pulgadas de altura. CAPÍTULO VI. Cerdo y pimienta Durante un minuto o dos se quedó mirando la casa, preguntándose qué hacer a continuación, cuando de repente un lacayo de librea salió corriendo del bosque —(lo consideró un lacayo porque llevaba librea: de lo contrario, a juzgar solo por su cara, lo habría llamado pez)— y golpeó fuertemente la puerta con los nudillos. Le abrió otro lacayo de librea, de cara redonda y grandes ojos como de rana; y ambos lacayos, notó Alicia, tenían el pelo empolvado que les caía en rizos por toda la cabeza. Sintió mucha curiosidad por saber de qué se trataba todo aquello, y se acercó un poco fuera del bosque para escuchar. El Lacayo-Pez comenzó sacando de debajo del brazo una gran carta, casi tan grande como él, y se la entregó al otro, diciendo, en tono solemne: —Para la Duquesa. Una invitación de la Reina para jugar al croquet. El Lacayo-Rana repitió, en el mismo tono solemne, solo cambiando un poco el orden de las palabras: —De parte de la Reina. Una invitación para que la Duquesa juegue al croquet. Entonces ambos hicieron una profunda reverencia, y sus rizos se enredaron entre sí. Alicia se rió tanto con esto, que tuvo que correr de vuelta al bosque por miedo a que la oyeran; y cuando volvió a asomarse, el Lacayo-Pez se había ido, y el otro estaba sentado en el suelo cerca de la puerta, mirando estúpidamente hacia el cielo. Alicia se acercó tímidamente a la puerta y llamó. —No sirve de nada llamar —dijo el Lacayo—, y eso por dos razones. Primero, porque estoy del mismo lado de la puerta que usted; segundo, porque están haciendo tal ruido ahí dentro, que nadie podría oírla. Y ciertamente _había_ un ruido de lo más extraordinario dentro: un aullido y unos estornudos constantes, y de vez en cuando un gran estruendo, como si un plato o una tetera se hubieran hecho añicos. —Por favor, entonces —dijo Alicia—, ¿cómo hago para entrar? —Podría tener algún sentido que usted llamara —continuó el Lacayo sin hacerle caso—, si la puerta estuviera entre nosotros. Por ejemplo, si usted estuviera _dentro_, podría llamar, y yo podría dejarla salir, ¿sabe? Estuvo mirando hacia el cielo todo el tiempo que habló, y esto a Alicia le pareció decididamente descortés. —Pero quizá no puede evitarlo —se dijo a sí misma—; tiene los ojos tan _muy_ cerca de lo alto de la cabeza. Pero al menos podría responder a las preguntas. —¿Cómo hago para entrar? —repitió en voz alta. —Me quedaré sentado aquí —observó el Lacayo— hasta mañana... En ese momento se abrió la puerta de la casa, y un gran plato salió volando, directo a la cabeza del Lacayo: le rozó apenas la nariz y se hizo añicos contra uno de los árboles detrás de él. —...o pasado mañana, quizá —continuó el Lacayo en el mismo tono, exactamente como si nada hubiera pasado. —¿Cómo hago para entrar? —preguntó Alicia de nuevo, en un tono más alto. —_¿Es que_ va a entrar? —dijo el Lacayo—. Esa es la primera pregunta, ¿sabe? Sin duda lo era: solo que a Alicia no le gustaba que se lo dijeran. —Es realmente terrible —murmuró para sí— la manera en que todas las criaturas discuten. ¡Es para volverse loca! El Lacayo pareció pensar que era una buena oportunidad para repetir su observación, con variaciones. —Me quedaré sentado aquí —dijo—, de vez en cuando, durante días y días. —Pero ¿qué voy a hacer _yo_? —dijo Alicia. —Lo que quiera —dijo el Lacayo, y se puso a silbar. —Oh, no tiene sentido hablar con él —dijo Alicia desesperada—: ¡es perfectamente idiota! Y abrió la puerta y entró. La puerta daba directamente a una gran cocina, que estaba llena de humo de un extremo al otro: la Duquesa estaba sentada en un taburete de tres patas en el centro, arrullando a un bebé; la cocinera estaba inclinada sobre el fuego, removiendo un gran caldero que parecía estar lleno de sopa. —¡Desde luego hay demasiada pimienta en esa sopa! —se dijo Alicia para sí, lo mejor que pudo entre estornudos. Ciertamente había demasiada en el aire. Hasta la Duquesa estornudaba de vez en cuando; y en cuanto al bebé, estornudaba y aullaba alternativamente sin un momento de pausa. Lo único en la cocina que no estornudaba eran la cocinera y un gran gato que estaba sentado junto al hogar y sonreía de oreja a oreja. —¿Podrías decirme —dijo Alicia, un poco tímidamente, pues no estaba muy segura de si era de buena educación hablar ella primero—, por qué tu gato sonríe de esa manera? —Es un gato de Cheshire —dijo la Duquesa—, y por eso. ¡Cerdo! Pronunció la última palabra con tal violencia repentina que Alicia dio un buen salto; pero al momento siguiente vio que iba dirigida al bebé, y no a ella, así que cobró valor y continuó: —No sabía que los gatos de Cheshire sonrieran siempre; de hecho, no sabía que los gatos _pudieran_ sonreír. —Todos pueden —dijo la Duquesa—; y la mayoría lo hacen. —No conozco ninguno que lo haga —dijo Alicia muy cortésmente, sintiéndose bastante complacida de haber entablado una conversación. —No sabes mucho —dijo la Duquesa—; y eso es un hecho. A Alicia no le gustó nada el tono de aquel comentario, y pensó que sería mejor introducir algún otro tema de conversación. Mientras trataba de decidirse por uno, la cocinera retiró del fuego el caldero de sopa y, al instante, se puso a arrojar todo lo que estaba a su alcance a la Duquesa y al bebé: primero fueron los hierros del hogar; luego siguió una lluvia de cacerolas, platos y fuentes. La Duquesa no les hizo el menor caso, ni siquiera cuando la alcanzaban; y el bebé ya aullaba tanto, que era del todo imposible decir si los golpes le hacían daño o no. —¡Oh, _por favor_, fíjate en lo que haces! —gritó Alicia, dando saltos de un lado a otro en un agonía de terror—. ¡Oh, ahí va su _preciosa_ nariz! —mientras una cacerola inusualmente grande pasaba volando cerca de él y por poco se la lleva. —Si cada uno se ocupara de sus propios asuntos —dijo la Duquesa con un gruñido ronco—, el mundo giraría mucho más rápido de lo que lo hace. —Lo cual _no_ sería una ventaja —dijo Alicia, que se sintió muy contenta de tener la oportunidad de lucir un poco sus conocimientos—. ¡Piensa en el trabajo que le daría al día y a la noche! Verás, la tierra tarda veinticuatro horas en girar sobre su eje... —Hablando de ejes —dijo la Duquesa—, ¡que le corten la cabeza! Alicia miró con bastante ansiedad a la cocinera, para ver si pensaba seguir la indirecta; pero la cocinera estaba afanada removiendo la sopa y parecía no estar escuchando, así que continuó: —Veinticuatro horas, _creo_; ¿o son doce? Yo... —Oh, no me molestes _a mí_ —dijo la Duquesa—; ¡nunca he podido soportar las cifras! Y dicho esto, se puso de nuevo a mecer a su hijo, cantándole una especie de canción de cuna mientras lo hacía, y dándole una sacudida violenta al final de cada verso: «Habla con brusquedad a tu niño y pégale cuando estornude: solo lo hace para fastidiar, porque sabe que irrita.» ESTRIBILLO. (Al que se unieron la cocinera y el bebé): «¡Guau! ¡guau! ¡guau!» Mientras la Duquesa cantaba la segunda estrofa de la canción, no dejaba de lanzar al bebé violentamente de arriba abajo, y la pobre criatura aullaba tanto, que Alicia apenas podía oír las palabras: «Hablo con severidad a mi niño, le pego cuando estornuda; ¡pues sabe disfrutar de lo lindo con la pimienta cuando le place!» ESTRIBILLO. «¡Guau! ¡guau! ¡guau!» —¡Toma! ¡Puedes cuidarlo un rato, si quieres! —le dijo la Duquesa a Alicia, arrojándole el bebé mientras hablaba—. Tengo que ir a prepararme para jugar al croquet con la Reina —y salió apresuradamente de la habitación. La cocinera le lanzó una sartén al salir, pero por poco le da. A Alicia le costó cierto trabajo atrapar al bebé, pues era una criaturita de forma extraña y estiraba brazos y piernas en todas direcciones, «igual que una estrella de mar», pensó Alicia. La pobre criatura resoplaba como una máquina de vapor cuando lo atrapó, y no dejaba de doblarse sobre sí misma y estirarse de nuevo, de modo que, en total, durante el primer minuto o dos, fue todo lo que pudo hacer sostenerlo. Tan pronto como descubrió la manera adecuada de cargarlo (que consistía en retorcerlo hasta formar una especie de nudo y luego agarrarle con fuerza la oreja derecha y el pie izquierdo, para impedir que se deshiciera), se lo llevó al aire libre. «Si no me llevo a este niño conmigo —pensó Alicia—, seguro que lo matan en un día o dos: ¿no sería un asesinato dejarlo atrás?» Dijo las últimas palabras en voz alta, y la criaturita gruñó en respuesta (ya había dejado de estornudar para entonces). —No gruñas —dijo Alicia—; esa no es en absoluto una forma apropiada de expresarte. El bebé gruñó otra vez, y Alicia le miró la cara con mucha ansiedad para ver qué le pasaba. No cabía duda de que tenía una nariz _muy_ respingona, mucho más parecida a un hocico que a una nariz de verdad; además, sus ojos se estaban volviendo extremadamente pequeños para ser un bebé: en conjunto, a Alicia no le gustaba nada el aspecto de la criatura. «Pero quizá solo estaba sollozando», pensó, y volvió a mirarle los ojos para ver si había lágrimas. No, no había lágrimas. —Si vas a convertirte en cerdo, querido —dijo Alicia muy seria—, no quiero tener nada más que ver contigo. ¡Tenlo en cuenta! La pobre criaturita volvió a sollozar (o a gruñir, era imposible saber cuál de las dos cosas), y continuaron un rato en silencio. Alicia empezaba a preguntarse: «¿Y qué voy a hacer con esta criatura cuando llegue a casa?», cuando gruñó de nuevo, con tanta violencia, que miró hacia abajo, a su cara, un tanto alarmada. Esta vez no podía haber _ninguna_ duda: no era ni más ni menos que un cerdo, y sintió que sería bastante absurdo llevarlo consigo por más tiempo. Así que dejó a la pequeña criatura en el suelo, y sintió bastante alivio al verla alejarse tranquilamente trotando hacia el bosque. «Si hubiera crecido», se dijo a sí misma, «habría sido un niño terriblemente feo: pero creo que hace un cerdo bastante guapo». Y se puso a pensar en otros niños que conocía, que podrían quedar muy bien como cerdos, y justo se estaba diciendo: «si uno supiera la manera correcta de transformarlos—», cuando se sobresaltó un poco al ver al Gato de Cheshire sentado en la rama de un árbol a unos metros de distancia. El Gato solo sonrió ampliamente cuando vio a Alicia. Parecía de buen carácter, pensó ella: aun así tenía unas garras _muy_ largas y muchísimos dientes, así que sintió que debía tratarlo con respeto. —Minino de Cheshire —empezó, bastante tímidamente, pues no sabía en absoluto si le gustaría el nombre: sin embargo, este solo sonrió un poco más. «Vaya, parece que le ha gustado», pensó Alicia, y continuó—. ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí? —Eso depende en gran medida de adónde quieras llegar —dijo el Gato. —No me importa mucho adónde— —dijo Alicia. —Entonces no importa qué camino tomes —dijo el Gato. — —siempre que llegue a _alguna parte_ —añadió Alicia como explicación. —Oh, a eso seguro que llegas —dijo el Gato—, si caminas lo suficiente. Alicia sintió que no podía negarlo, así que probó con otra pregunta. —¿Qué clase de gente vive por aquí? —En _esa_ dirección —dijo el Gato, agitando su pata derecha en redondo—, vive un Sombrerero: y en _esa_ dirección —agitando la otra pata—, vive una Liebre de Marzo. Visita al que prefieras: ambos están locos. —Pero yo no quiero andar entre gente loca —observó Alicia. —Oh, no puedes evitarlo —dijo el Gato—: aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca. —¿Cómo sabes que estoy loca? —dijo Alicia. —Debes de estarlo —dijo el Gato—, o no habrías venido aquí. Alicia no creyó que eso lo demostrara en absoluto; sin embargo, continuó: —¿Y cómo sabes que tú estás loco? —Para empezar —dijo el Gato—, un perro no está loco. ¿Lo admites? —Supongo que sí —dijo Alicia. —Bien, entonces —continuó el Gato—, verás, un perro gruñe cuando está enfadado, y mueve la cola cuando está contento. Ahora bien, _yo_ gruño cuando estoy contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco. —_Yo_ lo llamo ronronear, no gruñir —dijo Alicia. —Llámalo como quieras —dijo el Gato—. ¿Juegas al croquet con la Reina hoy? —Me gustaría mucho —dijo Alicia—, pero todavía no me han invitado. —Me verás allí —dijo el Gato, y desapareció. Alicia no se sorprendió mucho por esto, pues ya se estaba acostumbrando a que ocurrieran cosas extrañas. Mientras miraba el lugar donde había estado, de repente apareció de nuevo. —Por cierto, ¿qué fue del bebé? —dijo el Gato—. Casi me olvido de preguntar. —Se convirtió en un cerdo —dijo Alicia tranquilamente, como si hubiera vuelto de manera natural. —Me lo imaginaba —dijo el Gato, y desapareció otra vez. Alicia esperó un poco, medio esperando verlo de nuevo, pero no apareció, y tras un minuto o dos siguió caminando en la dirección en la que se decía que vivía la Liebre de Marzo. «Ya he visto sombrereros antes», se dijo a sí misma; «la Liebre de Marzo será mucho más interesante, y quizá, como estamos en mayo, no esté loca de atar —al menos no tan loca como estaba en marzo». Mientras decía esto, levantó la vista, y allí estaba el Gato otra vez, sentado en la rama de un árbol. —¿Dijiste cerdo, o ciervo? —dijo el Gato. —Dije cerdo —respondió Alicia—; y desearía que no te la pasaras apareciendo y desapareciendo tan de repente: una acaba bastante mareada. —De acuerdo —dijo el Gato; y esta vez desapareció bastante despacio, empezando por la punta de la cola, y terminando por la sonrisa, que permaneció un rato después de que el resto se hubiera ido. —¡Vaya! A menudo he visto un gato sin sonrisa —pensó Alicia—; ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es lo más curioso que he visto en mi vida! No había avanzado mucho cuando divisó la casa de la Liebre de Marzo: pensó que debía de ser la casa correcta, porque las chimeneas tenían forma de orejas y el tejado estaba cubierto de pelo. Era una casa tan grande que no quiso acercarse más hasta haber mordisqueado otro poco del trozo izquierdo de la seta, y haber crecido hasta unos dos pies de altura: aun así, se acercó a ella con bastante timidez, diciéndose a sí misma: «¡Supongamos que después de todo está completamente loca! ¡Casi preferiría haber ido a ver al Sombrerero!». CAPÍTULO VII. Una merienda de locos Había una mesa puesta bajo un árbol frente a la casa, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té en ella: un Lirón estaba sentado entre los dos, profundamente dormido, y los otros dos lo usaban como cojín, apoyando los codos en él y hablando por encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón —pensó Alicia—; aunque, como está dormido, supongo que no le importa». La mesa era grande, pero los tres estaban apiñados en una esquina de ella: «¡No hay sitio! ¡No hay sitio!» gritaron al ver llegar a Alicia. «¡Hay sitio de _sobra_!» dijo Alicia indignada, y se sentó en un gran sillón en un extremo de la mesa. «Tome un poco de vino», dijo la Liebre de Marzo en tono alentador. Alicia miró por toda la mesa, pero no había nada más que té. «No veo ningún vino», observó. «No hay», dijo la Liebre de Marzo. «Entonces no fue muy cortés por su parte ofrecérmelo», dijo Alicia enfadada. «No fue muy cortés por su parte sentarse sin que la invitaran», dijo la Liebre de Marzo. «No sabía que fuera _su_ mesa», dijo Alicia; «está puesta para muchos más de tres». «Debería cortarse el pelo», dijo el Sombrerero. Llevaba un rato mirando a Alicia con gran curiosidad, y esta fue su primera intervención. «Debería aprender a no hacer comentarios personales», dijo Alicia con cierta severidad; «es muy grosero». El Sombrerero abrió mucho los ojos al oír esto; pero todo lo que _dijo_ fue: «¿Por qué se parece un cuervo a un escritorio?». «¡Vamos, ahora nos divertiremos! —pensó Alicia—. Me alegro de que hayan empezado a proponer acertijos. Creo que puedo adivinarlo», añadió en voz alta. «¿Quiere decir que cree que puede encontrar la respuesta?», dijo la Liebre de Marzo. «Exactamente», dijo Alicia. «Entonces debería decir lo que piensa», continuó la Liebre de Marzo. «Lo hago —respondió Alicia apresuradamente—; al menos... al menos pienso lo que digo... que es lo mismo, ¿sabe?». «¡No es lo mismo en absoluto! —dijo el Sombrerero—. ¡Bien podría decir que "veo lo que como" es lo mismo que "como lo que veo"!». «Bien podría decir —añadió la Liebre de Marzo— que "me gusta lo que recibo" es lo mismo que "recibo lo que me gusta"!». «Bien podría decir —añadió el Lirón, que parecía hablar en sueños— que "respiro cuando duermo" es lo mismo que "duermo cuando respiro"!». «_Sí_ que es lo mismo en su caso», dijo el Sombrerero, y aquí la conversación decayó, y la reunión permaneció en silencio un minuto, mientras Alicia repasaba todo lo que podía recordar sobre cuervos y escritorios, que no era mucho. El Sombrerero fue el primero en romper el silencio. «¿Qué día del mes es hoy?», dijo, volviéndose hacia Alicia: había sacado su reloj del bolsillo y lo miraba inquieto, sacudiéndolo de vez en cuando y acercándolo a su oreja. Alicia reflexionó un poco y luego dijo: «El cuatro». «¡Dos días de retraso!», suspiró el Sombrerero. «¡Ya te dije que la mantequilla no le sentaría bien a la maquinaria!», añadió mirando furioso a la Liebre de Marzo. «Era la _mejor_ mantequilla», respondió humildemente la Liebre de Marzo. «Sí, pero también debieron de colarse algunas migas», refunfuñó el Sombrerero: «no deberías haberla metido con el cuchillo del pan». La Liebre de Marzo tomó el reloj y lo miró sombríamente: luego lo sumergió en su taza de té y volvió a mirarlo: pero no se le ocurrió nada mejor que decir que su primera observación: «Era la _mejor_ mantequilla, ¿sabes?». Alicia había estado mirando por encima de su hombro con cierta curiosidad. «¡Qué reloj tan gracioso! —comentó—. ¡Dice el día del mes y no dice la hora que es!». «¿Y por qué habría de hacerlo? —murmuró el Sombrerero—. ¿Acaso _su_ reloj le dice a usted en qué año está?». «Claro que no —respondió Alicia muy dispuesta—; pero es porque se queda en el mismo año durante muchísimo tiempo seguido». «Que es justamente el caso del _mío_», dijo el Sombrerero. Alicia se sintió terriblemente desconcertada. La observación del Sombrerero parecía no tener ningún sentido, y sin embargo era sin duda inglés. «No la entiendo del todo», dijo, lo más cortésmente que pudo. «El Lirón se ha vuelto a dormir», dijo el Sombrerero, y le vertió un poco de té caliente sobre la nariz. El Lirón sacudió la cabeza con impaciencia y dijo, sin abrir los ojos: «Claro, claro; justo lo que iba a comentar yo misma». «¿Ya has adivinado el acertijo?», dijo el Sombrerero, volviéndose de nuevo hacia Alicia. «No, me rindo —respondió Alicia—: ¿cuál es la respuesta?». «No tengo la menor idea», dijo el Sombrerero. «Ni yo», dijo la Liebre de Marzo. Alice suspiró con cansancio. —Creo que podrías emplear mejor el tiempo —dijo— que malgastarlo en acertijos que no tienen respuesta. —Si conocieras al Tiempo tan bien como yo —dijo el Sombrerero—, no hablarías de malgastar*lo*. Es *él*. —No sé qué quieres decir —dijo Alicia. —¡Pues claro que no! —dijo el Sombrerero, sacudiendo la cabeza con desdén—. ¡Me atrevería a decir que nunca has hablado con el Tiempo! —Puede que no —respondió Alicia con cautela—; pero sé que tengo que ganarle al tiempo cuando aprendo música. —¡Ah! Eso lo explica todo —dijo el Sombrerero—. No soporta que le ganen. Ahora bien, si tan solo mantuvieras buenas relaciones con él, haría casi cualquier cosa que quisieras con el reloj. Por ejemplo, supongamos que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las lecciones: solo tendrías que susurrarle una indicación al Tiempo, ¡y el reloj giraría en un instante! ¡La una y media, hora de comer! (—Ojalá fuera así —se dijo la Liebre de Marzo en un susurro.) —Eso sería magnífico, desde luego —dijo Alicia pensativa—; pero entonces... no tendría hambre, ¿sabes? —Al principio, quizá no —dijo el Sombrerero—; pero podrías dejarlo en la una y media todo el tiempo que quisieras. —¿Es así como *tú* te las arreglas? —preguntó Alicia. El Sombrerero negó con la cabeza con aire afligido. —¡Yo no! —respondió—. Nos peleamos el marzo pasado... justo antes de que *él* se volviera loco, ¿sabes? —dijo, señalando con la cucharilla de té a la Liebre de Marzo—. Fue en el gran concierto que dio la Reina de Corazones, y yo tuve que cantar: «¡Brilla, brilla, murcielaguito! ¡Cuánto me pregunto qué tramas!» Conoces la canción, ¿quizá? —He oído algo parecido —dijo Alicia. —Continúa, ¿sabes? —prosiguió el Sombrerero—, de esta manera: «Por encima del mundo vuelas, como una bandeja de té en el cielo. Brilla, brilla...» Aquí el Lirón se sacudió y empezó a cantar dormido «*Brilla, brilla, brilla, brilla...*» y siguió tanto tiempo que tuvieron que pellizcarlo para que parara. —Bueno, apenas había terminado la primera estrofa —dijo el Sombrerero— cuando la Reina se levantó de un salto y gritó: «¡Está asesinando el tiempo! ¡Que le corten la cabeza!» —¡Qué salvajemente cruel! —exclamó Alicia. —Y desde entonces —continuó el Sombrerero en tono afligido—, ¡no hace nada de lo que le pido! Ahora siempre son las seis. Una idea brillante le vino a Alicia a la cabeza. —¿Es esa la razón de que haya tantas cosas de té puestas aquí? —preguntó. —Sí, esa es —dijo el Sombrerero con un suspiro—: siempre es la hora del té, y no tenemos tiempo de lavar las cosas entre una cosa y otra. —Entonces vais cambiando de sitio, supongo —dijo Alicia. —Exactamente —dijo el Sombrerero—: según se van usando las cosas. —Pero, ¿qué pasa cuando volvéis al principio otra vez? —se atrevió a preguntar Alicia. —Supongamos que cambiamos de tema —interrumpió la Liebre de Marzo, bostezando—. Me estoy cansando de esto. Propongo que la señorita nos cuente un cuento. —Me temo que no sé ninguno —dijo Alicia, bastante alarmada ante la propuesta. —¡Entonces que lo cuente el Lirón! —gritaron ambos—. ¡Despierta, Lirón! Y lo pellizcaron por ambos lados a la vez. El Lirón abrió los ojos lentamente. —No estaba dormido —dijo con voz ronca y débil—: oí cada palabra de lo que decíais. —¡Cuéntanos un cuento! —dijo la Liebre de Marzo. —¡Sí, por favor! —suplicó Alicia. —Y date prisa —añadió el Sombrerero—, o te habrás dormido otra vez antes de que termines. —Érase una vez tres hermanitas —empezó el Lirón con mucha prisa—; y se llamaban Elsie, Lacie y Tillie; y vivían en el fondo de un pozo... —¿Y de qué vivían? —dijo Alicia, que siempre se interesaba mucho por las cuestiones de comer y beber. —Vivían de melaza —dijo el Lirón, después de pensarlo un minuto o dos. —No podrían haber hecho eso, ¿sabes? —observó Alicia con suavidad—; habrían enfermado. —Y enfermaron —dijo el Lirón—; *muy* enfermas. Alicia intentó imaginar cómo sería tan extraordinaria forma de vivir, pero la desconcertaba demasiado, así que continuó: —Pero, ¿por qué vivían en el fondo de un pozo? —Toma un poco más de té —dijo la Liebre de Marzo a Alicia, muy seriamente. —Todavía no he tomado nada —respondió Alicia en tono ofendido—, así que no puedo tomar más. —Querrás decir que no puedes tomar *menos* —dijo el Sombrerero—: es muy fácil tomar *más* que nada. —Nadie te ha pedido *tu* opinión —dijo Alicia. —¿Y quién está haciendo ahora comentarios personales? —preguntó el Sombrerero con aire triunfal. Alicia no sabía muy bien qué decir a esto, así que se sirvió un poco de té y pan con mantequilla, y luego se volvió hacia el Lirón y repitió su pregunta. —¿Por qué vivían en el fondo de un pozo? El Lirón volvió a tomarse un minuto o dos para pensarlo, y luego dijo: —Era un pozo de melaza. —¡No existe tal cosa! —empezó Alicia muy enfadada, pero el Sombrerero y la Liebre de Marzo hicieron «¡Ch! ¡Ch!», y el Lirón observó malhumorado: —Si no puedes ser educada, mejor termina tú el cuento. —¡No, por favor, continúa! —dijo Alicia muy humildemente—; no volveré a interrumpir. Me atrevería a decir que puede que exista *uno*. —¡Uno, desde luego! —dijo el Lirón indignado. Sin embargo, consintió en continuar—. Y así, estas tres hermanitas... estaban aprendiendo a dibujar, ¿sabes? —¿Qué dibujaban? —dijo Alicia, olvidando por completo su promesa. —Melaza —dijo el Lirón, sin pensarlo siquiera esta vez. —Quiero una taza limpia —interrumpió el Sombrerero—: cambiemos todos de sitio. Se movió al hablar, y el Lirón lo siguió: la Liebre de Marzo ocupó el sitio del Lirón, y Alicia, bastante a regañadientes, ocupó el de la Liebre de Marzo. El Sombrerero fue el único que sacó alguna ventaja del cambio; y Alicia quedó bastante peor que antes, ya que la Liebre de Marzo acababa de volcar la jarra de leche en su plato. Alicia no quería ofender de nuevo al Lirón, así que comenzó con mucha cautela: —Pero no lo entiendo. ¿De dónde sacaban la melaza? —Puedes sacar agua de un pozo de agua —dijo el Sombrerero—; así que supongo que podrías sacar melaza de un pozo de melaza... ¿eh, estúpida? —Pero estaban _dentro_ del pozo —le dijo Alicia al Lirón, prefiriendo no hacer caso de este último comentario. —Por supuesto que sí —dijo el Lirón—; bien dentro. Esta respuesta confundió tanto a la pobre Alicia, que dejó que el Lirón siguiera hablando un rato sin interrumpirlo. —Estaban aprendiendo a sacar —continuó el Lirón, bostezando y frotándose los ojos, pues empezaba a tener mucho sueño—; y sacaban toda clase de cosas... todo lo que empieza con una M... —¿Por qué con una M? —dijo Alicia. —¿Y por qué no? —dijo la Liebre de Marzo. Alicia se quedó callada. El Lirón había cerrado los ojos ya para entonces, y estaba a punto de quedarse dormido; pero, al ser pellizcado por el Sombrerero, se despertó de nuevo con un pequeño chillido, y continuó: —...que empieza con una M, como ratoneras, y la luna, y la memoria, y muchedad... ya sabes, dices que las cosas son «mucho de lo mismo»... ¿has visto alguna vez algo así como un dibujo de una muchedad? —La verdad, ahora que me lo preguntas —dijo Alicia, muy confundida—, no creo que... —Entonces no deberías hablar —dijo el Sombrerero. Esta grosería fue más de lo que Alicia podía soportar: se levantó con gran indignación y se marchó; el Lirón se quedó dormido al instante, y ninguno de los otros dos le prestó la menor atención a su partida, aunque ella miró atrás una o dos veces, medio esperando que la llamaran: la última vez que los vio, estaban tratando de meter al Lirón en la tetera. —¡En cualquier caso, nunca volveré _allí_! —dijo Alicia mientras avanzaba con cuidado por el bosque—. ¡Es la merienda más estúpida en la que he estado en toda mi vida! Justo cuando dijo esto, notó que uno de los árboles tenía una puerta que daba directamente a su interior. —¡Qué curioso! —pensó—. Pero todo es curioso hoy. Creo que bien podría entrar de una vez. Y entró. Una vez más se encontró en el largo salón, y cerca de la mesita de cristal. —Ahora me las arreglaré mejor —se dijo a sí misma, y comenzó tomando la llavecita dorada y abriendo la puerta que daba al jardín. Luego se puso a mordisquear la seta (había guardado un trozo en el bolsillo) hasta que alcanzó unos treinta centímetros de altura; después caminó por el pequeño pasadizo; y _entonces_, por fin, se encontró en el hermoso jardín, entre los brillantes parterres de flores y las frescas fuentes. CAPÍTULO VIII. El campo de croquet de la Reina Un gran rosal se alzaba cerca de la entrada del jardín: las rosas que crecían en él eran blancas, pero había tres jardineros trabajando en él, afanosamente pintándolas de rojo. Alicia pensó que aquello era muy curioso, y se acercó más para observarlos, y justo cuando llegó junto a ellos oyó que uno decía: —¡Ojo, Cinco! ¡No me salpiques la pintura de esa manera! —No he podido evitarlo —dijo Cinco, en tono malhumorado—; Siete me ha empujado el codo. Ante lo cual Siete levantó la vista y dijo: —¡Eso es, Cinco! ¡Siempre echándole la culpa a los demás! —¡_Tú_ mejor no hables! —dijo Cinco—. ¡Ayer mismo oí a la Reina decir que merecías que te cortaran la cabeza! —¿Por qué? —dijo el que había hablado primero. —¡Eso no es asunto _tuyo_, Dos! —dijo Siete. —¡Sí que es asunto suyo! —dijo Cinco—, y se lo voy a decir... fue por llevarle a la cocinera raíces de tulipán en vez de cebollas. Siete tiró el pincel al suelo, y acababa de empezar «Bueno, de todas las injusticias...», cuando su mirada cayó por casualidad sobre Alicia, que estaba allí de pie observándolos, y se detuvo de golpe: los otros también miraron alrededor, y todos ellos hicieron una profunda reverencia. —¿Podrían decirme —dijo Alicia, un poco tímidamente— por qué están pintando esas rosas? Cinco y Siete no dijeron nada, pero miraron a Dos. Dos comenzó en voz baja: —Verá, señorita, la verdad es que este debía haber sido un rosal _rojo_, y plantamos uno blanco por error; y si la Reina llegara a descubrirlo, nos cortarían la cabeza a todos, ¿sabe? Así que, ya ve, señorita, estamos haciendo lo posible, antes de que ella llegue, por... En ese momento Cinco, que había estado mirando ansiosamente hacia el otro lado del jardín, gritó: —¡La Reina! ¡La Reina! Y los tres jardineros se echaron al instante boca abajo sobre sus rostros. Se oyó un sonido de muchos pasos, y Alicia miró alrededor, ansiosa por ver a la Reina. Primero llegaron diez soldados portando mazas; todos tenían la misma forma que los tres jardineros, oblongos y planos, con las manos y los pies en las esquinas; después, los diez cortesanos; estos iban adornados por todas partes con diamantes, y caminaban de dos en dos, como los soldados. Tras ellos venían los hijos de la realeza; eran diez, y los queridos pequeños avanzaban saltando alegremente de la mano, en parejas: todos iban adornados con corazones. Luego venían los invitados, en su mayoría Reyes y Reinas, y entre ellos Alicia reconoció al Conejo Blanco: hablaba de manera apresurada y nerviosa, sonriendo ante todo lo que se decía, y pasó de largo sin reparar en ella. Después seguía la Sota de Corazones, llevando la corona del Rey sobre un cojín de terciopelo carmesí; y, por último en esta grandiosa procesión, llegaron EL REY Y LA REINA DE CORAZONES. A Alicia le entró la duda de si no debería echarse boca abajo como los tres jardineros, pero no recordaba haber oído nunca semejante regla en los desfiles; «y además, ¿de qué serviría un desfile», pensó, «si la gente tuviera que echarse toda boca abajo, de modo que no pudiera verlo?». Así que se quedó quieta donde estaba, y esperó. Cuando el desfile llegó a la altura de Alicia, todos se detuvieron y la miraron, y la Reina dijo severamente «¿Quién es esta?». Lo dijo dirigiéndose a la Sota de Corazones, que solo se inclinó y sonrió en respuesta. «¡Idiota!», dijo la Reina, sacudiendo la cabeza con impaciencia; y, volviéndose hacia Alicia, prosiguió: «¿Cómo te llamas, niña?». «Me llamo Alicia, si vuestra Majestad quiere», dijo Alicia muy cortésmente; pero añadió para sus adentros: «Vamos, si no son más que una baraja de cartas. ¡No tengo por qué tenerles miedo!». «¿Y quiénes son _estos_?», dijo la Reina, señalando a los tres jardineros que yacían alrededor del rosal; pues, como estaban boca abajo y el dibujo de sus espaldas era igual al del resto de la baraja, no podía decir si eran jardineros, o soldados, o cortesanos, o tres de sus propios hijos. «¿Y cómo voy a saberlo _yo_?», dijo Alicia, sorprendida de su propio valor. «No es asunto _mío_.». La Reina se puso roja de furia y, después de mirarla fijamente un momento como una fiera, gritó: «¡Que le corten la cabeza! ¡Que...!». «¡Tonterías!», dijo Alicia, muy fuerte y decidida, y la Reina se calló. El Rey le puso la mano en el brazo y dijo tímidamente: «Considera, querida: ¡no es más que una niña!». La Reina se apartó de él furiosa y le dijo a la Sota: «¡Dales la vuelta!». La Sota lo hizo, con mucho cuidado, con un pie. «¡Levantaos!», dijo la Reina con voz aguda y fuerte, y los tres jardineros se pusieron en pie al instante y comenzaron a hacer reverencias al Rey, a la Reina, a los hijos reales y a todos los demás. «¡Dejad eso!», chilló la Reina. «Me mareáis». Y luego, volviéndose hacia el rosal, prosiguió: «¿Qué _habéis_ estado haciendo aquí?». «Si vuestra Majestad gusta», dijo Dos con tono muy humilde, hincando una rodilla en tierra mientras hablaba, «estábamos intentando...». «¡_Ya_ veo!», dijo la Reina, que mientras tanto había estado examinando las rosas. «¡Que les corten la cabeza!». Y el desfile siguió adelante, quedándose atrás tres de los soldados para ejecutar a los desdichados jardineros, que corrieron hacia Alicia en busca de protección. «¡No os van a decapitar!», dijo Alicia, y los metió en un gran tiesto que había cerca. Los tres soldados anduvieron dando vueltas un minuto o dos, buscándolos, y luego se marcharon tranquilamente tras los demás. «¿Les han cortado la cabeza?», gritó la Reina. «¡Sus cabezas ya no están, si vuestra Majestad gusta!», gritaron los soldados en respuesta. «¡Muy bien!», gritó la Reina. «¿Sabes jugar al croquet?». Los soldados se callaron y miraron a Alicia, pues la pregunta evidentemente iba dirigida a ella. «¡Sí!», gritó Alicia. «¡Pues ven!», rugió la Reina, y Alicia se unió al desfile, preguntándose mucho qué pasaría después. «Es... ¡es un día espléndido!», dijo una voz tímida a su lado. Caminaba junto al Conejo Blanco, que le escudriñaba ansiosamente la cara. «Muchísimo», dijo Alicia: «... ¿dónde está la Duquesa?». «¡Chsss! ¡Chsss!», dijo el Conejo en voz baja y apresurada. Miró ansiosamente por encima del hombro mientras hablaba, y luego se alzó de puntillas, le acercó la boca al oído y susurró: «Está condenada a muerte». «¿Por qué?», dijo Alicia. «¿Has dicho “¡Qué pena!”?», preguntó el Conejo. «No, no lo he dicho», dijo Alicia: «No creo que sea ninguna pena. He dicho “¿Por qué?”». «Le dio una bofetada a la Reina...», empezó el Conejo. Alicia soltó un pequeño grito de risa. «¡Ah, chsss!», susurró el Conejo con tono asustado. «¡La Reina te oirá! Verás, llegó bastante tarde, y la Reina dijo...». «¡A vuestros puestos!», gritó la Reina con voz de trueno, y la gente empezó a correr en todas direcciones, chocando unos con otros; sin embargo, en un minuto o dos se acomodaron, y el juego comenzó. Alicia pensó que nunca en su vida había visto un campo de croquet tan curioso; todo eran altibajos y surcos; las bolas eran erizos vivos, los mazos flamencos vivos, y los soldados tenían que doblarse y ponerse a cuatro patas para formar los arcos. La principal dificultad que encontró Alicia al principio fue manejar su flamenco: conseguía meterle el cuerpo bajo el brazo, bastante cómodamente, con las patas colgando, pero, por lo general, justo cuando le había enderezado bien el cuello y estaba a punto de golpear el erizo con su cabeza, _se_ retorcía y le miraba la cara con una expresión tan perpleja que no podía evitar echarse a reír; y cuando le había bajado la cabeza y estaba a punto de empezar de nuevo, era muy irritante descubrir que el erizo se había desenrollado y estaba en trance de escabullirse; además de todo esto, generalmente había un altibajo o un surco en el camino adondequiera que quisiera enviar el erizo, y, como los soldados doblados siempre se estaban levantando y marchándose a otras partes del campo, Alicia pronto llegó a la conclusión de que era, en efecto, un juego muy difícil. Los jugadores jugaban todos a la vez sin esperar turno, peleándose todo el rato y disputándose los erizos; y en muy poco tiempo la Reina estaba furiosa y se paseaba dando pisotones y gritando «¡Que le corten la cabeza!» o «¡Que le corten la cabeza a ella!» aproximadamente una vez por minuto. Alicia empezó a sentirse muy inquieta: ciertamente, aún no había tenido ningún altercado con la Reina, pero sabía que podía ocurrir en cualquier momento, «y entonces», pensó, «¿qué será de mí? Aquí son terriblemente aficionados a cortar cabezas; lo que más me asombra es que quede alguien con vida». Estaba buscando alguna forma de escapar, y preguntándose si podría marcharse sin ser vista, cuando notó una curiosa aparición en el aire: al principio la desconcertó mucho, pero, tras observarla un minuto o dos, distinguió que era una sonrisa, y se dijo: «Es el Gato de Cheshire: ahora tendré con quién hablar». —¿Cómo te va? —dijo el Gato, en cuanto tuvo boca suficiente para hablar. Alicia esperó a que aparecieran los ojos, y entonces asintió con la cabeza. «No sirve de nada hablarle», pensó, «hasta que le hayan salido las orejas, o al menos una de ellas». Al cabo de otro minuto apareció la cabeza entera, y entonces Alicia dejó el flamenco en el suelo y comenzó a contarle la partida, muy contenta de tener a alguien que la escuchara. El Gato pareció considerar que ya había suficiente de él a la vista, y no apareció nada más. —No creo que jueguen con justicia —empezó Alicia, en un tono más bien quejumbroso—, y todos discuten de una manera tan horrible que una no puede oírse ni a sí misma... y no parece que tengan ninguna regla en particular; al menos, si las tienen, nadie les hace caso... y no tienes idea de lo confuso que es que todas las cosas estén vivas; por ejemplo, el arco por el que tengo que pasar ahora está paseándose por el otro extremo del terreno... y habría hecho croquet con el erizo de la Reina hace un momento, ¡solo que se escapó cuando vio venir el mío! —¿Qué te parece la Reina? —dijo el Gato en voz baja. —No me gusta nada —dijo Alicia—: es tan extremadamente... Justo entonces notó que la Reina estaba muy cerca, detrás de ella, escuchando: así que continuó: —...tan probable que gane, que apenas vale la pena terminar la partida. La Reina sonrió y siguió su camino. —¿Con _quién_ estás hablando? —dijo el Rey, acercándose a Alicia y mirando la cabeza del Gato con gran curiosidad. —Es un amigo mío... un Gato de Cheshire —dijo Alicia—: permítame que se lo presente. —No me gusta nada su aspecto —dijo el Rey—: sin embargo, puede besarme la mano si quiere. —Preferiría no hacerlo —observó el Gato. —No seas impertinente —dijo el Rey—, ¡y no me mires así! Se puso detrás de Alicia mientras hablaba. —Un gato puede mirar a un rey —dijo Alicia—. Lo he leído en algún libro, pero no recuerdo dónde. —Bueno, hay que quitarlo de en medio —dijo el Rey muy decidido, y llamó a la Reina, que pasaba en ese momento—: ¡Querida! ¡Me gustaría que hicieras que quitaran a este gato! La Reina solo tenía una manera de resolver todas las dificultades, grandes o pequeñas. «¡Que le corten la cabeza!», dijo, sin siquiera volverse. —Yo mismo iré a buscar al verdugo —dijo el Rey con entusiasmo, y se marchó a toda prisa. Alicia pensó que bien podría volver y ver cómo iba la partida, ya que oía la voz de la Reina a lo lejos, gritando furiosa. Ya la había oído condenar a tres jugadores a ser ejecutados por haber perdido sus turnos, y no le gustaba nada el cariz que tomaban las cosas, pues la partida estaba tan confusa que nunca sabía si era su turno o no. Así que fue en busca de su erizo. El erizo estaba enfrascado en una pelea con otro erizo, lo que le pareció a Alicia una excelente oportunidad para hacer croquet con uno de ellos golpeando al otro: la única dificultad era que su flamenco se había ido al otro lado del jardín, donde Alicia podía verlo intentando, de manera bastante desamparada, volar hasta un árbol. Para cuando hubo atrapado el flamenco y lo hubo traído de vuelta, la pelea había terminado, y ambos erizos habían desaparecido de la vista: «pero no importa mucho», pensó Alicia, «pues todos los arcos se han ido de este lado del terreno». Así que se lo puso bajo el brazo, para que no se escapara otra vez, y volvió para conversar un poco más con su amigo. Cuando regresó junto al Gato de Cheshire, se sorprendió al encontrar una multitud bastante numerosa reunida a su alrededor: había una disputa entre el verdugo, el Rey y la Reina, que hablaban todos a la vez, mientras todos los demás estaban completamente callados y parecían muy incómodos. En el momento en que apareció Alicia, los tres apelaron a ella para que resolviera la cuestión, y le repitieron sus argumentos, aunque, como todos hablaban a la vez, le resultó verdaderamente difícil distinguir con exactitud lo que decían. El argumento del verdugo era que no se podía cortar una cabeza a menos que hubiera un cuerpo del que cortarla: que nunca había tenido que hacer tal cosa antes, y que no iba a empezar a _su_ edad. El argumento del Rey era que cualquier cosa que tuviera cabeza podía ser decapitada, y que no se debía decir tonterías. El argumento de la Reina era que, si no se hacía algo al respecto en menos que nada, haría ejecutar a todos, sin excepción. (Fue esta última observación la que había hecho que todo el grupo pareciera tan grave y angustiado.) Alicia no pudo pensar en nada más que decir salvo: «Es de la Duquesa: será mejor que le preguntéis a _ella_». —Está en prisión —le dijo la Reina al verdugo—: tráela aquí. Y el verdugo salió disparado como una flecha. La cabeza del Gato empezó a desvanecerse en el momento en que él se fue y, para cuando regresó con la Duquesa, había desaparecido por completo; así que el Rey y el verdugo corrían de un lado para otro como locos buscándola, mientras el resto de la comitiva volvía al juego. CAPÍTULO IX. La historia de la Falsa Tortuga —¡No te puedes imaginar cuánto me alegro de verte de nuevo, querida criatura! —dijo la Duquesa, mientras le pasaba el brazo cariñosamente por el de Alicia, y se alejaban juntas. Alicia se alegró mucho de encontrarla de tan buen humor, y pensó para sus adentros que quizá había sido solo la pimienta lo que la había vuelto tan feroz cuando se encontraron en la cocina. —Cuando _yo_ sea Duquesa —se dijo a sí misma (aunque no en un tono muy esperanzado)—, no habrá nada de pimienta en mi cocina, _nada en absoluto_. La sopa está muy bien sin ella... Quizá sea siempre la pimienta lo que vuelve a la gente irascible —continuó, muy complacida por haber descubierto una nueva clase de regla—, y el vinagre lo que la vuelve agria... y la manzanilla lo que la vuelve amarga... y... y el azúcar de cebada y esas cosas lo que vuelve dulces a los niños. ¡Ojalá la gente lo supiera! Entonces no serían tan tacaños con ello, ¿sabes?... Para entonces se había olvidado por completo de la Duquesa, y se sobresaltó un poco al oír su voz muy cerca de su oído. —Estás pensando en algo, querida, y por eso te olvidas de hablar. Ahora mismo no puedo decirte cuál es la moraleja de eso, pero lo recordaré dentro de un momento. —Quizá no tenga ninguna —se atrevió a observar Alicia. —¡Vamos, vamos, niña! —dijo la Duquesa—. Todo tiene una moraleja, solo hay que saber encontrarla. Y se apretujó más contra el costado de Alicia mientras hablaba. A Alicia no le gustaba mucho tenerla tan cerca: primero, porque la Duquesa era _muy_ fea; y segundo, porque tenía exactamente la altura precisa para apoyar la barbilla sobre el hombro de Alicia, y era una barbilla incómodamente afilada. Sin embargo, no quería ser descortés, así que lo soportó lo mejor que pudo. —El juego va bastante mejor ahora —dijo, a modo de mantener un poco la conversación. —Así es —dijo la Duquesa—: y la moraleja de eso es: "¡Oh, es el amor, es el amor, el que hace girar el mundo!" —Alguien dijo —susurró Alicia— "¡que lo que lo hace girar es que cada uno se meta en sus propios asuntos!" —¡Ah, bueno! Viene a significar lo mismo —dijo la Duquesa, hundiendo su afilada barbilla en el hombro de Alicia mientras añadía—: y la moraleja de _eso_ es: "Cuida el sentido, y los sonidos se cuidarán solos." "¡Qué afición tiene a encontrar moralejas en todo!", pensó Alicia para sus adentros. —Me atrevería a decir que te preguntas por qué no te paso el brazo por la cintura —dijo la Duquesa tras una pausa—: la razón es que dudo del temperamento de tu flamenco. ¿Hago la prueba? —Podría picarte —respondió Alicia con cautela, sin sentir el menor deseo de que se hiciera la prueba. —Muy cierto —dijo la Duquesa—: los flamencos y la mostaza pican ambos. Y la moraleja de eso es: "Dios los cría y ellos se juntan." —Solo que la mostaza no es un ave —observó Alicia. —Correcto, como siempre —dijo la Duquesa—: ¡qué manera tan clara tienes de expresar las cosas! —Es un mineral, _creo_ —dijo Alicia. —Por supuesto que lo es —dijo la Duquesa, que parecía dispuesta a estar de acuerdo con todo lo que Alicia dijera—; hay una gran mina de mostaza cerca de aquí. Y la moraleja de eso es: "Cuanto más es lo mío, menos es lo tuyo." —¡Oh, ya sé! —exclamó Alicia, que no había prestado atención a esta última observación—, es un vegetal. No lo parece, pero lo es. —Estoy completamente de acuerdo contigo —dijo la Duquesa—; y la moraleja de eso es: "Sé lo que pareces ser"... o, si prefieres que te lo diga de forma más sencilla: "Nunca te imagines no ser otra cosa que lo que podría parecer a los demás que lo que eras o podrías haber sido no era otra cosa que lo que habías sido habría parecido a ellos ser otra cosa." —Creo que lo entendería mejor —dijo Alicia muy cortésmente— si lo tuviera por escrito; pero no consigo seguirlo tal como usted lo dice. —Eso no es nada comparado con lo que podría decir si me lo propusiera —respondió la Duquesa, en un tono complacido. —Le ruego que no se moleste en decirlo más de lo que ya lo ha hecho —dijo Alicia. —¡Oh, no hables de molestias! —dijo la Duquesa—. Te hago regalo de todo lo que he dicho hasta ahora. "¡Vaya un regalo barato!", pensó Alicia. "¡Me alegro de que no hagan regalos de cumpleaños así!" Pero no se atrevió a decirlo en voz alta. —¿Pensando otra vez? —preguntó la Duquesa, con otro empujón de su afilada barbilla. —Tengo derecho a pensar —dijo Alicia con brusquedad, pues empezaba a sentirse un poco preocupada. —Más o menos el mismo derecho —dijo la Duquesa— que tienen los cerdos a volar; y la mo... Pero aquí, para gran sorpresa de Alicia, la voz de la Duquesa se apagó, incluso en mitad de su palabra favorita, "moraleja", y el brazo que estaba enlazado al suyo empezó a temblar. Alicia levantó la vista, y allí estaba la Reina frente a ellas, con los brazos cruzados y el ceño fruncido como una tormenta. —¡Buen día, Majestad! —empezó la Duquesa con voz baja y débil. —Ahora te advierto con toda claridad —gritó la Reina, dando pisotones en el suelo mientras hablaba—: o tú o tu cabeza tendréis que desaparecer, ¡y eso en menos que canta un gallo! ¡Elige! La Duquesa tomó su decisión y desapareció en un instante. —Sigamos con el juego —le dijo la Reina a Alicia; y Alicia estaba demasiado asustada para decir una sola palabra, pero siguió lentamente a la Reina de vuelta al campo de croquet. Los otros invitados habían aprovechado la ausencia de la Reina y descansaban a la sombra; sin embargo, en el momento en que la vieron, corrieron de vuelta al juego, y la Reina se limitó a comentar que un momento de retraso les costaría la vida. Todo el tiempo que estuvieron jugando, la Reina no dejó de pelearse con los demás jugadores y de gritar «¡Que le corten la cabeza!» o «¡Que le corten la cabeza a ella!». Aquellos a quienes condenaba eran puestos bajo custodia por los soldados, quienes, por supuesto, tenían que dejar de ser arcos para hacerlo, de modo que al cabo de media hora más o menos ya no quedaban arcos, y todos los jugadores, excepto el Rey, la Reina y Alicia, estaban bajo custodia y condenados a ejecución. Entonces la Reina se detuvo, completamente sin aliento, y le dijo a Alicia: —¿Ya has visto a la Falsa Tortuga? —No —dijo Alicia—. Ni siquiera sé qué es una Falsa Tortuga. —Es el animal del que se hace la sopa de Falsa Tortuga —dijo la Reina. —Nunca he visto una, ni he oído hablar de ella —dijo Alicia. —Ven, entonces —dijo la Reina—, y él te contará su historia. Mientras se alejaban juntas, Alicia oyó al Rey decir en voz baja, a todos en general: —Quedáis todos indultados. «¡Vaya, _eso_ sí que es bueno!», se dijo Alicia para sí, pues se había sentido bastante infeliz por el número de ejecuciones que la Reina había ordenado. Muy pronto se toparon con un Grifo, que yacía profundamente dormido al sol. (Si no sabes qué es un Grifo, mira la ilustración.) —¡Arriba, holgazán! —dijo la Reina—, y lleva a esta señorita a ver a la Falsa Tortuga y a escuchar su historia. Yo debo volver a supervisar unas ejecuciones que he ordenado. Y se marchó, dejando a Alicia sola con el Grifo. A Alicia no le gustaba del todo el aspecto de la criatura, pero en conjunto pensó que sería igual de seguro quedarse con él que seguir a esa Reina salvaje; así que esperó. El Grifo se incorporó y se frotó los ojos; luego observó a la Reina hasta que estuvo fuera de vista; entonces soltó una risita. —¡Qué divertido! —dijo el Grifo, mitad para sí mismo, mitad para Alicia. —¿Qué _es_ lo divertido? —dijo Alicia. —Pues _ella_ —dijo el Grifo—. Todo eso son imaginaciones suyas: nunca ejecutan a nadie, ¿sabes? ¡Vamos! «Todo el mundo dice “¡vamos!” aquí», pensó Alicia mientras lo seguía lentamente. «¡Nunca en toda mi vida me han dado tantas órdenes, nunca!». No habían ido muy lejos cuando vieron a la Falsa Tortuga a lo lejos, sentada triste y solitaria sobre una pequeña cornisa de roca, y, a medida que se acercaban, Alicia podía oírlo suspirar como si se le fuera a romper el corazón. Le dio mucha lástima. —¿Cuál es su pena? —le preguntó al Grifo, y el Grifo respondió, casi con las mismas palabras que antes: —Todo eso son imaginaciones suyas: no tiene ninguna pena, ¿sabes? ¡Vamos! Así que se acercaron a la Falsa Tortuga, que los miró con grandes ojos llenos de lágrimas, pero no dijo nada. —Esta señorita de aquí —dijo el Grifo— quiere saber tu historia, sí que quiere. —Se la contaré —dijo la Falsa Tortuga con un tono profundo y hueco—. Sentaos, los dos, y no digáis una palabra hasta que haya terminado. Así que se sentaron, y nadie habló durante unos minutos. Alicia pensó para sí: «No veo cómo puede _llegar_ a terminar alguna vez, si no empieza». Pero esperó pacientemente. —Hubo una vez —dijo por fin la Falsa Tortuga, con un profundo suspiro— en que yo fui una Tortuga de verdad. A estas palabras siguió un silencio muy largo, roto solo por alguna exclamación ocasional de «¡Hjckrrh!» del Grifo, y los constantes y pesados sollozos de la Falsa Tortuga. Alicia estuvo a punto de levantarse y decir: «Gracias, señor, por su interesante historia», pero no pudo evitar pensar que _debía_ haber más, así que se quedó sentada y no dijo nada. —Cuando éramos pequeños —continuó por fin la Falsa Tortuga, más tranquila, aunque todavía sollozando un poco de vez en cuando—, íbamos a la escuela en el mar. El maestro era una vieja Tortuga… solíamos llamarlo Tortugo… —¿Por qué lo llamabais Tortugo, si no lo era? —preguntó Alicia. —Lo llamábamos Tortugo porque nos _torturaba_ con las lecciones —dijo la Falsa Tortuga con enfado—. ¡De verdad que eres muy torpe! —Deberías avergonzarte de hacer una pregunta tan simple —añadió el Grifo; y entonces ambos se quedaron callados y miraron a la pobre Alicia, que sentía ganas de hundirse en la tierra. Por fin el Grifo le dijo a la Falsa Tortuga: —¡Sigue, viejo amigo! ¡No te pases todo el día con esto! Y él continuó con estas palabras: —Sí, íbamos a la escuela en el mar, aunque quizá no lo creas… —¡Yo nunca he dicho que no lo creyera! —interrumpió Alicia. —Sí lo has dicho —dijo la Falsa Tortuga. —¡Cállate! —añadió el Grifo, antes de que Alicia pudiera hablar de nuevo. La Falsa Tortuga prosiguió. —Teníamos la mejor de las educaciones…, de hecho, íbamos a la escuela todos los días… —_Yo_ también he ido a una escuela diurna —dijo Alicia—. No hace falta que presumas tanto. —¿Con asignaturas extra? —preguntó la Falsa Tortuga, un poco inquieta. —Sí —dijo Alicia—, aprendíamos francés y música. —¿Y lavado? —dijo la Falsa Tortuga. —¡Por supuesto que no! —dijo Alicia indignada. —¡Ah! Entonces la tuya no era una escuela realmente buena —dijo la Falsa Tortuga con un tono de gran alivio—. En la _nuestra_, al final de la factura, ponía: «Francés, música _y lavado_: extra». —No debíais de necesitarlo mucho —dijo Alicia—, viviendo en el fondo del mar. —No podía permitirme aprenderlo —dijo la Falsa Tortuga con un suspiro—. Solo hice el curso normal. —¿Y en qué consistía? —preguntó Alicia. —Tambaleo y Retorcimiento, para empezar, por supuesto —respondió la Falsa Tortuga—; y luego las diferentes ramas de la Aritmética: Ambición, Distracción, Feificación y Mofa. —Nunca he oído hablar de la «Feificación» —se atrevió a decir Alicia—. ¿Qué es? El Grifo levantó ambas patas de sorpresa. —¡Cómo! ¿Nunca has oído hablar de feificar? —exclamó—. Sabes lo que es embellecer, supongo. —Sí —dijo Alicia con duda—: significa... hacer... cualquier cosa... más bonita. —Bueno, entonces —continuó el Grifo—, si no sabes lo que es feificar, _eres_ una simplona. Alicia no se sintió animada a hacer más preguntas al respecto, así que se volvió hacia la Falsa Tortuga y dijo: —¿Qué más tenías que aprender? —Bueno, estaba Misterio —respondió la Falsa Tortuga, contando las asignaturas con sus aletas—: Misterio, antiguo y moderno, con Mareografía; luego Arrrastramiento... el maestro de Arrrastramiento era una vieja anguila congrio que venía una vez a la semana: _él_ nos enseñaba Arrrastramiento, Estiramiento y Desmayo en Espiral. —¿Cómo era _eso_? —dijo Alicia. —Bueno, no puedo mostrártelo yo mismo —dijo la Falsa Tortuga—: estoy demasiado rígida. Y el Grifo nunca lo aprendió. —No tuve tiempo —dijo el Grifo—: aunque fui al maestro de Clásicos. Era un viejo cangrejo, _él_. —Yo nunca fui a él —dijo la Falsa Tortuga con un suspiro—: enseñaba Risa y Pena, solían decir. —Así era, así era —dijo el Grifo, suspirando a su vez; y ambas criaturas se cubrieron el rostro con las patas. —¿Y cuántas horas al día hacías lecciones? —dijo Alicia, apresurándose a cambiar de tema. —Diez horas el primer día —dijo la Falsa Tortuga—: nueve el siguiente, y así sucesivamente. —¡Qué plan tan curioso! —exclamó Alicia. —Por eso se llaman lecciones —observó el Grifo—: porque se van reduciendo día a día. Esta era una idea bastante nueva para Alicia, y lo pensó un poco antes de hacer su siguiente comentario. —Entonces el undécimo día debió de ser fiesta, ¿no? —Por supuesto que lo fue —dijo la Falsa Tortuga. —¿Y cómo te las arreglaste el duodécimo? —siguió Alicia con entusiasmo. —Ya basta de lecciones —interrumpió el Grifo en un tono muy decidido—: cuéntale algo sobre los juegos ahora. CAPÍTULO X. La Cuadrilla de la Langosta La Falsa Tortuga suspiró profundamente y se pasó el dorso de una aleta por los ojos. Miró a Alicia e intentó hablar, pero durante un minuto o dos los sollozos le ahogaron la voz. —Igual que si tuviera un hueso atravesado en la garganta —dijo el Grifo; y se puso a sacudirlo y darle golpes en la espalda. Por fin la Falsa Tortuga recobró la voz y, con lágrimas corriéndole por las mejillas, continuó: —Puede que no hayas vivido mucho bajo el mar... —(«No, no he vivido», dijo Alicia)— y quizá ni siquiera te hayan presentado a una langosta... —(Alicia empezó a decir «Una vez probé...», pero se contuvo apresuradamente y dijo «No, nunca»)—, así que no puedes tener ni idea de lo deliciosa que es una Cuadrilla de Langosta. —No, desde luego que no —dijo Alicia—. ¿Qué clase de baile es? —Verás —dijo el Grifo—, primero formas una línea a lo largo de la orilla del mar... —¡Dos líneas! —gritó la Falsa Tortuga—. Focas, tortugas, salmones y demás; luego, cuando hayas despejado todas las medusas del camino... —Eso suele llevar algún tiempo —interrumpió el Grifo. —...avanzas dos veces... —¡Cada uno con una langosta como pareja! —gritó el Grifo. —Por supuesto —dijo la Falsa Tortuga—: avanzas dos veces, haces la reverencia a las parejas... —...cambias de langosta y te retiras en el mismo orden —continuó el Grifo. —Luego, ya sabes —siguió la Falsa Tortuga—, lanzas las... —¡Las langostas! —gritó el Grifo, dando un salto en el aire. —...lo más lejos posible mar adentro... —¡Nadas tras ellas! —chilló el Grifo. —¡Das una voltereta en el mar! —gritó la Falsa Tortuga, brincando salvajemente. —¡Cambias de langosta otra vez! —aulló el Grifo a pleno pulmón. —De vuelta a tierra, y eso es toda la primera figura —dijo la Falsa Tortuga, bajando la voz de repente; y las dos criaturas, que habían estado saltando como locas todo ese tiempo, volvieron a sentarse muy tristes y tranquilas, y miraron a Alicia. —Debe de ser un baile muy bonito —dijo Alicia tímidamente. —¿Te gustaría ver un poco? —dijo la Falsa Tortuga. —Muchísimo —dijo Alicia. —¡Vamos, probemos la primera figura! —dijo la Falsa Tortuga al Grifo—. Podemos prescindir de las langostas, ya sabes. ¿Quién cantará? —Oh, canta _tú_ —dijo el Grifo—. Yo he olvidado la letra. Así que empezaron a danzar solemnemente alrededor de Alicia, una y otra vez, pisándole los dedos de vez en cuando al pasar demasiado cerca, y agitando las patas delanteras para marcar el compás, mientras la Falsa Tortuga cantaba esto, muy despacio y con tristeza: «¿Quieres caminar un poco más rápido?», dijo un sollo a un caracol. «Hay una marsopa justo detrás de nosotros, y me pisa la cola. ¡Mira con qué ansia avanzan las langostas y las tortugas! Esperan en la orilla pedregosa... ¿vendrás a unirte al baile? ¿Querrás, no querrás, querrás, no querrás, querrás unirte al baile? ¿Querrás, no querrás, querrás, no querrás, no querrás unirte al baile? »No puedes hacerte idea de lo delicioso que será cuando nos levanten y nos lancen, con las langostas, al mar.» Pero el caracol respondió «¡Demasiado lejos, demasiado lejos!» y lanzó una mirada de reojo... Dijo que agradecía al sollo su amabilidad, pero que no se uniría al baile. No quería, no podía, no quería, no podía, no quería unirse al baile. No quería, no podía, no quería, no podía, no podía unirse al baile. —¿Qué importa lo lejos que vayamos? —respondió su escamoso amigo—. Hay otra orilla, ya sabes, al otro lado. Cuanto más lejos de Inglaterra, más cerca se está de Francia— Entonces no palidezcas, amado caracol, sino ven y únete al baile. ¿Quieres, no quieres, quieres, no quieres, quieres unirte al baile? ¿Quieres, no quieres, quieres, no quieres, no quieres unirte al baile? —Gracias, es un baile muy interesante de ver —dijo Alicia, sintiéndose muy contenta de que por fin hubiera terminado—: ¡y me gusta tanto esa curiosa canción sobre la merluza! —Oh, en cuanto a la merluza —dijo la Falsa Tortuga—, pues... las has visto, por supuesto, ¿no? —Sí —dijo Alicia—, las he visto a menudo en la cen— se contuvo apresuradamente. —No sé dónde puede estar Cena —dijo la Falsa Tortuga—, pero si las has visto tan a menudo, por supuesto que sabes cómo son. —Eso creo —respondió Alicia pensativamente—. Tienen la cola metida en la boca, y están todas llenas de migas. —Te equivocas en lo de las migas —dijo la Falsa Tortuga—: las migas se lavarían todas en el mar. Pero _sí_ tienen la cola metida en la boca; y la razón es... —aquí la Falsa Tortuga bostezó y cerró los ojos—. Cuéntale la razón y todo eso —le dijo al Grifo. —La razón es —dijo el Grifo— que _querían_ ir con las langostas al baile. Así que las echaron al mar. Así que tuvieron que caer desde muy alto. Así que se les quedó la cola atascada en la boca. Así que no pudieron volver a sacarla. Eso es todo. —Gracias —dijo Alicia—, es muy interesante. Nunca había sabido tanto sobre una merluza. —Puedo contarte más que eso, si quieres —dijo el Grifo—. ¿Sabes por qué se llama merluza? —Nunca lo había pensado —dijo Alicia—. ¿Por qué? —_Es la que hace las botas y los zapatos_ —respondió el Grifo muy solemnemente. Alicia quedó completamente desconcertada. —¡Hace las botas y los zapatos! —repitió en tono asombrado. —Vamos, ¿con qué se limpian _tus_ zapatos? —dijo el Grifo—. Quiero decir, ¿qué es lo que los hace tan brillantes? Alicia se los miró, y reflexionó un poco antes de dar su respuesta. —Con betún, creo. —Las botas y los zapatos bajo el mar —continuó el Grifo con voz profunda— se limpian con merluza. Ahora ya lo sabes. —¿Y de qué están hechos? —preguntó Alicia en tono de gran curiosidad. —De lenguados y anguilas, por supuesto —respondió el Grifo con bastante impaciencia—: cualquier camarón podría haberte dicho eso. —Si yo hubiera sido la merluza —dijo Alicia, cuyos pensamientos seguían dando vueltas a la canción—, le habría dicho a la marsopa: «Apártate, por favor: ¡no te queremos _a ti_ con nosotros!» —Se veían obligadas a llevarlo con ellas —dijo la Falsa Tortuga—: ningún pez sensato iría a ninguna parte sin una marsopa. —¿De verdad que no? —dijo Alicia en tono de gran sorpresa. —Claro que no —dijo la Falsa Tortuga—: vamos, si un pez viniera a _mí_, y me dijera que iba de viaje, yo le diría: «¿Con qué marsopa?» —¿No querrás decir "propósito"? —dijo Alicia. —Digo lo que digo —respondió la Falsa Tortuga en tono ofendido. Y el Grifo añadió: —Vamos, cuéntanos algunas de _tus_ aventuras. —Podría contaros mis aventuras... empezando por esta mañana —dijo Alicia un poco tímidamente—: pero no sirve de nada volver a ayer, porque entonces yo era otra persona. —Explícanos todo eso —dijo la Falsa Tortuga. —¡No, no! Primero las aventuras —dijo el Grifo en tono impaciente—: las explicaciones llevan un tiempo espantoso. Así que Alicia empezó a contarles sus aventuras desde el momento en que vio por primera vez al Conejo Blanco. Estaba un poco nerviosa al principio, las dos criaturas se le acercaron tanto, una a cada lado, y abrieron los ojos y las bocas tan _enormemente_, pero fue cobrando ánimo a medida que avanzaba. Sus oyentes estuvieron perfectamente callados hasta que llegó a la parte en que le recitó «_Eres viejo, padre Guillermo_» a la Oruga, y las palabras le salían todas diferentes, y entonces la Falsa Tortuga respiró hondo y dijo: —Eso es muy curioso. —Es todo lo curioso que puede ser —dijo el Grifo. —¡Le salían todas diferentes! —repitió la Falsa Tortuga pensativamente—. Me gustaría oírla intentar recitar algo ahora. Dile que empiece. —Miró al Grifo como si pensara que tenía algún tipo de autoridad sobre Alicia. —Levántate y recita «_Es la voz del perezoso_» —dijo el Grifo. —¡Cómo les gusta a estas criaturas dar órdenes y hacer que una recite lecciones! —pensó Alicia—; «más valdría que estuviera ya en la escuela». Sin embargo, se levantó y empezó a recitarlo, pero tenía la cabeza tan llena de la Cuadrilla de las Langostas, que apenas sabía lo que decía, y las palabras le salieron verdaderamente extrañas: «Es la voz de la Langosta; le oí declarar: "Me has tostado demasiado, debo azucararme el pelo." Como un pato con sus párpados, así él con su nariz se ajusta el cinturón y los botones, y saca los dedos de los pies.» [las ediciones posteriores continuaban así: Cuando las arenas están secas, está alegre como una alondra, y hablará en tonos desdeñosos del Tiburón, pero cuando sube la marea y los tiburones rondan, su voz tiene un sonido tímido y tembloroso.] —Eso es diferente de lo que _yo_ solía decir cuando era pequeño —dijo el Grifo. —Bueno, yo nunca lo había oído antes —dijo la Falsa Tortuga—; pero suena a disparate poco común. Alicia no dijo nada; se había sentado con la cara entre las manos, preguntándose si algo volvería a suceder _alguna vez_ de forma natural. —Me gustaría que me lo explicaran —dijo la Falsa Tortuga. —Ella no puede explicarlo —dijo el Grifo apresuradamente—. Continúa con la siguiente estrofa. —Pero ¿y lo de los dedos de los pies? —insistió la Falsa Tortuga—. ¿Cómo _podía_ sacárselos con la nariz, sabes? —Es la primera posición de danza —dijo Alicia; pero estaba terriblemente confundida con todo aquello y ansiaba cambiar de tema. —Continúa con la siguiente estrofa —repitió el Grifo impaciente—: empieza «_Pasé por su jardín_». Alicia no se atrevió a desobedecer, aunque estaba segura de que todo saldría mal, y continuó con voz temblorosa:— Pasé por su jardín, y observé, con un ojo, Cómo el Búho y la Pantera compartían un pastel— [las ediciones posteriores continuaban así: La Pantera tomó la corteza, la salsa y la carne, Mientras el Búho se quedó con la fuente como parte del banquete. Cuando el pastel se terminó, al Búho, como un favor, Se le permitió amablemente guardarse la cuchara en el bolsillo: Mientras la Pantera recibía cuchillo y tenedor con un gruñido, Y concluía el banquete—] —¿De qué _sirve_ repetir todas esas cosas —interrumpió la Falsa Tortuga— si no las explicas a medida que avanzas? ¡Es, con mucho, lo más confuso que _yo_ he oído jamás! —Sí, creo que será mejor que lo dejes —dijo el Grifo; y Alicia no sintió más que alegría por hacerlo. —¿Probamos otra figura de la Cuadrilla de la Langosta? —continuó el Grifo—. ¿O te gustaría que la Falsa Tortuga te cantara una canción? —Oh, una canción, por favor, si la Falsa Tortuga fuera tan amable —respondió Alicia, con tanto entusiasmo que el Grifo dijo, en un tono bastante ofendido—: ¡Hum! ¡Sobre gustos no hay nada escrito! Cántale «_Sopa de Tortuga_», ¿quieres, viejo amigo? La Falsa Tortuga suspiró profundamente y comenzó, con una voz a veces ahogada por los sollozos, a cantar esto:— ¡Hermosa Sopa, tan rica y verde, esperando en una sopera caliente! ¿Quién por tales delicias no se rebajaría? ¡Sopa de la tarde, hermosa Sopa! ¡Sopa de la tarde, hermosa Sopa! ¡He—ermosa So—opa! ¡He—ermosa So—opa! So—opa de la ta—a—arde, ¡Hermosa, hermosa Sopa! ¡Hermosa Sopa! ¿A quién le importan el pescado, la caza o cualquier otro plato? ¿Quién no daría todo lo demás por solo dos peniques de hermosa Sopa? ¿Solo dos peniques de hermosa Sopa? ¡He—ermosa So—opa! ¡He—ermosa So—opa! So—opa de la ta—a—arde, ¡Hermosa, hermo—OSA SOPA! —¡Otra vez el estribillo! —gritó el Grifo, y la Falsa Tortuga acababa de empezar a repetirlo cuando se oyó a lo lejos un grito: «¡Empieza el juicio!». —¡Vamos! —gritó el Grifo y, tomando a Alicia de la mano, se apresuró a marcharse sin esperar al final de la canción. —¿Qué juicio es? —jadeó Alicia mientras corría; pero el Grifo solo respondió «¡Vamos!» y corrió más rápido, mientras cada vez más débilmente llegaban, llevadas por la brisa que los seguía, las melancólicas palabras:— So—opa de la ta—a—arde, ¡Hermosa, hermosa Sopa! CAPÍTULO XI. ¿Quién robó las tartas? El Rey y la Reina de Corazones estaban sentados en su trono cuando llegaron, con una gran multitud reunida a su alrededor —toda clase de pajaritos y animalitos, así como la baraja entera de cartas: la Sota estaba de pie ante ellos, encadenada, con un soldado a cada lado para custodiarla; y cerca del Rey estaba el Conejo Blanco, con una trompeta en una mano y un rollo de pergamino en la otra. En el mismo centro de la sala había una mesa, con una gran fuente de tartas encima: tenían tan buen aspecto que a Alicia le entró bastante hambre solo de mirarlas—. «Ojalá terminen pronto el juicio —pensó— ¡y hagan circular los refrescos!». Pero no parecía haber posibilidad de ello, así que empezó a mirar todo lo que la rodeaba para pasar el tiempo. Alicia nunca había estado antes en un tribunal de justicia, pero había leído sobre ellos en libros, y se alegró mucho de comprobar que conocía el nombre de casi todo lo que había allí. «Ese es el juez —se dijo—, por su gran peluca». El juez, por cierto, era el Rey; y como llevaba la corona sobre la peluca (miren el frontispicio si quieren ver cómo lo hacía), no parecía nada cómodo, y desde luego no le favorecía. «Y ese es el banquillo del jurado —pensó Alicia—, y esas doce criaturas —(se vio obligada a decir “criaturas”, como ven, porque algunas eran animales y algunas eran pájaros)— supongo que son los jurados». Repitió esta última palabra dos o tres veces para sí misma, bastante orgullosa de ella, pues pensaba, y con razón, que muy pocas niñas de su edad conocían su significado. Sin embargo, «hombres del jurado» habría servido igual de bien. Los doce jurados estaban escribiendo muy afanosamente en sus pizarras. «¿Qué están haciendo?», susurró Alicia al Grifo. «No pueden tener nada que anotar todavía, antes de que empiece el juicio». «Están apuntando sus nombres —susurró el Grifo en respuesta—, no vaya a ser que se les olviden antes de que termine el juicio». «¡Qué estupideces!», empezó Alicia en voz alta e indignada, pero se detuvo precipitadamente, porque el Conejo Blanco gritó: «¡Silencio en la sala!», y el Rey se puso los anteojos y miró ansiosamente a su alrededor para averiguar quién hablaba. Alicia podía ver, como si estuviera mirando por encima de sus hombros, que todos los jurados estaban escribiendo «¡qué estupideces!» en sus pizarras, y hasta podía distinguir que uno de ellos no sabía cómo se escribía «estupideces», y que tuvo que pedirle a su vecino que se lo dijera. «¡Menudo lío tendrán en sus pizarras antes de que termine el juicio!», pensó Alicia. Uno de los jurados tenía un lápiz que chirriaba. Esto, por supuesto, Alicia _no_ lo podía soportar, así que rodeó la sala y se puso detrás de él, y muy pronto encontró la oportunidad de quitárselo. Lo hizo tan rápido que el pobre jurado (era Bill, la Lagartija) no podía comprender en absoluto qué se había hecho del lápiz; así que, después de buscarlo por todas partes, se vio obligado a escribir con un dedo durante el resto del día; y esto era de muy poca utilidad, ya que no dejaba ninguna marca en la pizarra. —¡Heraldo, lee la acusación! —dijo el Rey. Entonces el Conejo Blanco dio tres toques de trompeta, y luego desenrolló el pergamino y leyó lo siguiente: «La Reina de Corazones hizo unas tartas, en un día de verano: El Jack de Corazones robó esas tartas, ¡y se las llevó muy lejos!» —Considerad vuestro veredicto —dijo el Rey al jurado. —¡Todavía no, todavía no! —interrumpió el Conejo apresuradamente—. ¡Hay muchísimo que ocurre antes de eso! —Llamad al primer testigo —dijo el Rey; y el Conejo Blanco dio tres toques de trompeta y gritó: —¡Primer testigo! El primer testigo fue el Sombrerero. Entró con una taza de té en una mano y un trozo de pan con mantequilla en la otra. —Perdón, Majestad —empezó—, por traer esto aquí: pero no había terminado del todo mi té cuando me mandaron llamar. —Deberías haber terminado —dijo el Rey—. ¿Cuándo empezaste? El Sombrerero miró a la Liebre de Marzo, que había entrado en la sala detrás de él, del brazo del Lirón. —El catorce de marzo, _creo_ que fue —dijo. —El quince —dijo la Liebre de Marzo. —El dieciséis —añadió el Lirón. —Escribid eso —dijo el Rey al jurado, y el jurado escribió ansiosamente las tres fechas en sus pizarras, y luego las sumó, y redujo la respuesta a chelines y peniques. —Quítate el sombrero —dijo el Rey al Sombrerero. —No es mío —dijo el Sombrerero. —¡_Robado!_ —exclamó el Rey, volviéndose hacia el jurado, que al instante tomó nota del hecho. —Los tengo para venderlos —añadió el Sombrerero a modo de explicación—; no tengo ninguno propio. Soy sombrerero. Aquí la Reina se puso los anteojos y comenzó a mirar fijamente al Sombrerero, que se puso pálido y se inquietó. —Da tu testimonio —dijo el Rey—; y no te pongas nervioso, o te haré ejecutar en el acto. Esto no pareció animar al testigo en absoluto: no dejaba de cambiar el peso de un pie al otro, mirando inquieto a la Reina, y en su confusión le dio un gran mordisco a la taza de té en lugar de al pan con mantequilla. Justo en ese momento Alicia sintió una sensación muy curiosa, que la desconcertó bastante hasta que comprendió qué era: estaba empezando a crecer de nuevo, y al principio pensó en levantarse y salir de la sala; pero, pensándolo mejor, decidió quedarse donde estaba mientras hubiera sitio para ella. —Me gustaría que no te apretaras tanto —dijo el Lirón, que estaba sentado a su lado—. Apenas puedo respirar. —No puedo evitarlo —dijo Alicia muy sumisamente—: estoy creciendo. —No tienes ningún derecho a crecer _aquí_ —dijo el Lirón. —No digas tonterías —dijo Alicia con más audacia—: sabes que tú también estás creciendo. —Sí, pero _yo_ crezco a un ritmo razonable —dijo el Lirón—: no de esa manera ridícula. Y se levantó muy malhumorado y se pasó al otro lado de la sala. Todo este tiempo la Reina no había dejado de mirar fijamente al Sombrerero, y justo cuando el Lirón cruzaba la sala, le dijo a uno de los oficiales de la corte: —¡Tráeme la lista de los cantantes del último concierto! —ante lo cual el desdichado Sombrerero tembló tanto que se sacudió ambos zapatos. —Da tu testimonio —repitió el Rey con ira—, o te haré ejecutar, estés nervioso o no. —Soy un hombre pobre, Majestad —empezó el Sombrerero con voz temblorosa—, y no había empezado mi té... no hace más de una semana o así... y entre que el pan con mantequilla se hacía tan fino... y el centelleo del té... —El centelleo de ¿_qué_? —dijo el Rey. —_Empezó_ con el té —respondió el Sombrerero. —¡Pues claro que centelleo empieza con T! —dijo el Rey con brusquedad—. ¿Me tomas por un tonto? ¡Continúa! —Soy un hombre pobre —prosiguió el Sombrerero—, y casi todo centelleaba después de eso... solo que la Liebre de Marzo dijo... —¡Yo no dije nada! —interrumpió la Liebre de Marzo muy apresuradamente. —¡Sí lo dijiste! —dijo el Sombrerero. —¡Lo niego! —dijo la Liebre de Marzo. —Lo niega —dijo el Rey—: omite esa parte. —Bueno, en cualquier caso, el Lirón dijo... —continuó el Sombrerero, mirando ansiosamente alrededor para ver si él también lo negaba: pero el Lirón no negó nada, pues estaba profundamente dormido. —Después de eso —continuó el Sombrerero—, corté más pan con mantequilla... —Pero ¿qué dijo el Lirón? —preguntó uno de los del jurado. —Eso no lo puedo recordar —dijo el Sombrerero. —_Debes_ recordarlo —observó el Rey—, o te haré ejecutar. El miserable Sombrerero dejó caer la taza de té y el pan con mantequilla, y se arrodilló sobre una rodilla. —Soy un hombre pobre, Majestad —empezó. —Eres un _orador_ muy _pobre_ —dijo el Rey. Aquí uno de los conejillos de Indias lanzó una exclamación, y fue inmediatamente reprimido por los oficiales de la corte. (Como esa es una palabra bastante dura, les explicaré cómo se hizo. Tenían una gran bolsa de lona, que ataban por la boca con cuerdas: dentro metían al conejillo de Indias, con la cabeza por delante, y luego se sentaban encima de él.) —Me alegro de haberlo visto —pensó Alicia—. He leído tantas veces en los periódicos, al final de los juicios, «Hubo algunos intentos de aplauso, que fueron inmediatamente reprimidos por los oficiales de la corte», y nunca entendí lo que significaba hasta ahora. —Si eso es todo lo que sabe al respecto, puede retirarse —continuó el Rey. —No puedo ir más abajo —dijo el Sombrerero—: ya estoy en el suelo. —Entonces puede _sentarse_ —respondió el Rey. Aquí el otro conejillo de Indias lanzó una exclamación, y fue reprimido. —¡Vaya, eso acabó con los conejillos de Indias! —pensó Alicia—. Ahora iremos mejor. —Preferiría terminar mi té —dijo el Sombrerero, con una mirada ansiosa hacia la Reina, que estaba leyendo la lista de cantantes. —Puede irse —dijo el Rey, y el Sombrerero abandonó apresuradamente la corte, sin siquiera esperar a ponerse los zapatos. —Y córtenle la cabeza afuera —añadió la Reina a uno de los oficiales: pero el Sombrerero ya estaba fuera de la vista antes de que el oficial pudiera llegar a la puerta. —¡Llamen al siguiente testigo! —dijo el Rey. El siguiente testigo era la cocinera de la Duquesa. Llevaba el pimentero en la mano, y Alicia adivinó quién era, incluso antes de que entrara en la corte, por la forma en que la gente cerca de la puerta comenzó a estornudar toda a la vez. —Presente su declaración —dijo el Rey. —No quiero —dijo la cocinera. El Rey miró ansiosamente al Conejo Blanco, quien dijo en voz baja: —Su Majestad debe interrogar a _esta_ testigo. —Bueno, si debo, debo —dijo el Rey, con aire melancólico, y, después de cruzar los brazos y fruncir el ceño ante la cocinera hasta que sus ojos casi desaparecieron de la vista, dijo con voz profunda: —¿De qué están hechas las tartas? —De pimienta, principalmente —dijo la cocinera. —De melaza —dijo una voz somnolienta detrás de ella. —¡Agarren a ese Lirón! —chilló la Reina—. ¡Decapiten a ese Lirón! ¡Echen a ese Lirón de la corte! ¡Reprímanlo! ¡Pellízquenlo! ¡Que le corten los bigotes! Durante algunos minutos toda la corte estuvo en confusión, intentando echar al Lirón, y, para cuando se hubieron calmado de nuevo, la cocinera había desaparecido. —¡No importa! —dijo el Rey, con aire de gran alivio—. Llamen al siguiente testigo. Y añadió en voz baja a la Reina—: Realmente, querida, _usted_ debe interrogar al siguiente testigo. ¡Me hace doler la frente! Alicia observó al Conejo Blanco mientras hojeaba la lista, sintiendo mucha curiosidad por ver cómo sería el siguiente testigo, —pues no tienen muchas pruebas _todavía_ —se dijo a sí misma. Imaginen su sorpresa, cuando el Conejo Blanco leyó, con su vocecita estridente al máximo, el nombre «¡Alicia!». CAPÍTULO XII. La declaración de Alicia —¡Presente! —gritó Alicia, olvidando por completo en el apresuramiento del momento lo mucho que había crecido en los últimos minutos, y se levantó con tal prisa que volcó el banquillo del jurado con el borde de su falda, derribando a todos los jurados sobre las cabezas de la multitud de abajo, y allí quedaron tendidos pataleando, recordándole mucho a un globo de peces dorados que había volcado accidentalmente la semana anterior. —¡Oh, les _suplico_ que me perdonen! —exclamó en un tono de gran consternación, y comenzó a recogerlos de nuevo lo más rápido que pudo, pues el accidente de los peces dorados no dejaba de venirle a la cabeza, y tenía una vaga idea de que debían ser recogidos de inmediato y devueltos al banquillo del jurado, o morirían. —El juicio no puede continuar —dijo el Rey con voz muy grave— hasta que todos los jurados estén de vuelta en sus lugares apropiados —_todos_ —repitió con gran énfasis, mirando fijamente a Alicia mientras lo decía. Alicia miró el banquillo del jurado, y vio que, en su prisa, había puesto a la Lagartija con la cabeza hacia abajo, y la pobre criaturita agitaba la cola de un modo melancólico, siendo completamente incapaz de moverse. Pronto la sacó de nuevo y la puso bien; —no es que importe mucho —se dijo a sí misma—; creo que sería _igual_ de útil en el juicio de una manera que de otra. Tan pronto como el jurado se hubo recuperado un poco del susto de haber sido volcado, y sus pizarras y lápices hubieron sido encontrados y devueltos, se pusieron a trabajar muy diligentemente para escribir una historia del accidente, todos excepto la Lagartija, que parecía demasiado abrumada para hacer otra cosa que sentarse con la boca abierta, contemplando el techo de la corte. —¿Qué sabe sobre este asunto? —dijo el Rey a Alicia. —Nada —dijo Alicia. —¿Nada _en absoluto_? —insistió el Rey. —Nada en absoluto —dijo Alicia. —Eso es muy importante —dijo el Rey, volviéndose hacia el jurado. Justo comenzaban a escribir esto en sus pizarras, cuando el Conejo Blanco interrumpió: —_In_importante, Su Majestad quiere decir, por supuesto —dijo en tono muy respetuoso, pero frunciendo el ceño y haciendo muecas hacia él mientras hablaba. —_In_importante, por supuesto, eso quería decir —dijo el Rey apresuradamente, y continuó para sí mismo en voz baja: —importante—inimportante—inimportante—importante— como si estuviera probando qué palabra sonaba mejor. Algunos del jurado escribieron «importante», y otros «inimportante». Alicia podía ver esto, pues estaba lo bastante cerca para mirar por encima de sus pizarras; —pero no importa lo más mínimo —pensó para sí misma. En aquel momento el Rey, que llevaba un rato ocupado escribiendo en su libreta, graznó: «¡Silencio!», y leyó en su libro: «Regla Cuarenta y dos. _Todas las personas de más de un kilómetro de estatura deberán abandonar la sala._» Todo el mundo miró a Alicia. «_Yo_ no mido un kilómetro», dijo Alicia. «Sí lo mides», dijo el Rey. «Casi dos kilómetros», añadió la Reina. «Bueno, yo no me voy de todas formas», dijo Alicia; «y además, esa no es una regla normal: se la acaba de inventar.» «Es la regla más antigua del libro», dijo el Rey. «Entonces debería ser la Número Uno», dijo Alicia. El Rey palideció y cerró su libreta a toda prisa. «Considerad vuestro veredicto», dijo al jurado, con voz baja y temblorosa. «Todavía queda más evidencia por presentar, Vuestra Majestad», dijo el Conejo Blanco, levantándose a toda prisa; «este papel acaba de ser recogido.» «¿Qué dice?», preguntó la Reina. «Aún no lo he abierto», dijo el Conejo Blanco, «pero parece ser una carta, escrita por el prisionero a... a alguien.» «Habrá sido eso», dijo el Rey, «a menos que estuviera escrita a nadie, lo cual no es lo habitual, como sabéis.» «¿A quién va dirigida?», preguntó uno de los miembros del jurado. «No va dirigida a nadie», dijo el Conejo Blanco; «de hecho, no hay nada escrito en el _exterior_.» Desdobló el papel mientras hablaba y añadió: «Después de todo, no es una carta: son una serie de versos.» «¿Están escritos con la letra del prisionero?», preguntó otro miembro del jurado. «No, no lo están», dijo el Conejo Blanco, «y eso es lo más extraño de todo.» (El jurado entero pareció desconcertado.) «Debe de haber imitado la letra de otra persona», dijo el Rey. (El jurado entero se animó de nuevo.) «Vuestra Majestad», dijo la Sota, «yo no lo escribí, y no pueden probar que lo hice: no hay ningún nombre firmado al final.» «Si no lo firmaste», dijo el Rey, «eso solo empeora las cosas. _Debías_ de tener alguna mala intención, pues de lo contrario habrías firmado con tu nombre como un hombre honrado.» Hubo un aplauso general ante esto: fue lo primero realmente ingenioso que el Rey había dicho en todo el día. «Eso _prueba_ su culpabilidad», dijo la Reina. «¡No prueba nada de eso!», dijo Alicia. «¡Si ni siquiera sabéis de qué tratan!» «Leedlos», dijo el Rey. El Conejo Blanco se puso las gafas. «¿Por dónde empiezo, Vuestra Majestad?», preguntó. «Empieza por el principio», dijo el Rey gravemente, «y sigue hasta llegar al final: entonces para.» Estos eran los versos que el Conejo Blanco leyó: «Me dijeron que habías ido a verla, y que me mencionaste ante él: ella me dio buenas referencias, pero dijo que no sé nadar. Él les mandó decir que yo no había ido (sabemos que es verdad): si ella insistiera en el asunto, ¿qué sería de ti? Yo le di una a ella, ellos le dieron dos a él, tú nos diste tres o más; todos volvieron de él hacia ti, aunque antes eran míos. Si yo o ella llegáramos a estar envueltos en este asunto, él confía en que tú los liberes, exactamente como estábamos. Mi idea era que tú habías sido (antes de que ella tuviera este ataque) un obstáculo que se interpuso entre él, y nosotros, y ello. No dejes que él sepa que a ella le gustaban más, pues esto debe ser siempre un secreto, guardado de todos los demás, entre tú y yo.» «Esa es la pieza de evidencia más importante que hemos escuchado hasta ahora», dijo el Rey, frotándose las manos; «así que ahora que el jurado...» «Si alguno de ellos puede explicarlo», dijo Alicia (había crecido tanto en los últimos minutos que ya no tenía el menor miedo de interrumpirle), «le daré seis peniques. _Yo_ no creo que tenga una pizca de sentido.» El jurado entero escribió en sus pizarras: «_Ella_ no cree que tenga una pizca de sentido», pero ninguno de ellos intentó explicar el papel. «Si no tiene ningún sentido», dijo el Rey, «eso nos ahorra un mundo de problemas, como sabéis, pues no necesitamos tratar de encontrarle alguno. Y sin embargo, no sé», continuó, extendiendo los versos sobre sus rodillas y mirándolos con un ojo; «después de todo, creo ver cierto sentido en ellos. “—_dijo que no sé nadar_—” tú no sabes nadar, ¿verdad?», añadió, volviéndose hacia la Sota. La Sota negó con la cabeza tristemente. «¿Acaso lo parezco?», dijo. (Lo cual ciertamente _no_ era el caso, pues estaba enteramente hecho de cartón.) «Muy bien, hasta aquí vamos bien», dijo el Rey, y siguió murmurando los versos para sí mismo: «“_sabemos que es verdad_—” eso es el jurado, por supuesto—“_yo le di una a ella, ellos le dieron dos a él_—” vaya, eso debe de ser lo que hizo con las tartas, como sabéis...» «Pero sigue diciendo “_todos volvieron de él hacia ti_”», dijo Alicia. «¡Pues ahí están!», dijo el Rey triunfalmente, señalando las tartas sobre la mesa. «Nada puede ser más claro que _eso_. Y además... “_antes de que ella tuviera este ataque_—” tú nunca has tenido ataques, querida, creo yo», le dijo a la Reina. «¡Nunca!», dijo la Reina furiosa, arrojando un tintero a la Lagartija mientras hablaba. (El desafortunado Lagartijilla había dejado de escribir en su pizarra con un dedo, pues había descubierto que no dejaba marca; pero ahora volvió a empezar a toda prisa, usando la tinta que le corría por la cara, mientras duró.) «Entonces las palabras no te _encajan_», dijo el Rey, mirando alrededor de la sala con una sonrisa. Se hizo un silencio sepulcral. «¡Es un juego de palabras!», añadió el Rey en tono ofendido, y todos se rieron. «Que el jurado considere su veredicto», dijo el Rey, por unas vigésima vez aquel día. —¡No, no! —dijo la Reina—. ¡Primero la sentencia, y después el veredicto! —¡Qué tontería! —exclamó Alicia en voz muy alta—. ¡Vaya idea, dictar primero la sentencia! —¡Cállate de una vez! —ordenó la Reina, poniéndose morada. —¡No me da la gana! —respondió Alicia. —¡Que le corten la cabeza! —gritó la Reina con todas sus fuerzas. Nadie se movió. —¿Y a mí qué me importa? —dijo Alicia (para entonces ya había recuperado su estatura normal)—. ¡No sois más que una baraja de cartas! Al oír esto, las cartas se alzaron en el aire y cayeron volando sobre ella. Alicia lanzó un pequeño grito, mitad de miedo, mitad de rabia, e intentó quitárselas de encima, y se encontró tendida en la orilla, con la cabeza apoyada en el regazo de su hermana, que le quitaba suavemente unas hojas secas que habían caído de los árboles sobre su cara. —¡Despierta, Alicia, cariño! —dijo su hermana—. ¡Vaya si has dormido largo rato! —¡Ay, he tenido un sueño tan extraño! —dijo Alicia, y le contó a su hermana, tan bien como podía recordarlas, todas aquellas extrañas aventuras suyas que acabas de leer. Y cuando terminó, su hermana la besó y le dijo: —_Sí_, desde luego ha sido un sueño extraño, querida. Pero ahora corre a merendar; se está haciendo tarde. Así que Alicia se levantó y se fue corriendo, pensando mientras corría, y bien podía hacerlo, qué sueño tan maravilloso había sido. Pero su hermana se quedó sentada tal como Alicia la dejó, con la cabeza apoyada en la mano, contemplando la puesta de sol, y pensando en la pequeña Alicia y en todas sus maravillosas aventuras, hasta que también ella empezó a soñar a su manera, y este fue su sueño: Primero soñó con la propia pequeña Alicia, y una vez más las manitas se le entrelazaban sobre las rodillas, y los ojos brillantes y ansiosos la miraban a ella. Podía oír los tonos mismos de su voz, y ver ese curioso movimiento de cabeza con el que apartaba el pelo rebelde que _siempre_ se empeñaba en metérsele en los ojos. Y mientras escuchaba, o parecía escuchar, todo el lugar a su alrededor cobraba vida con las extrañas criaturas del sueño de su hermanita. La hierba alta susurraba a sus pies cuando el Conejo Blanco pasó corriendo; el asustado Ratón chapoteaba en la charca vecina; podía oír el traqueteo de las tazas de té mientras la Liebre de Marzo y sus amigos compartían su interminable merienda, y la voz estridente de la Reina ordenando la ejecución de sus desafortunados invitados. Una vez más, el bebé-cerdito estornudaba en la rodilla de la Duquesa mientras los platos y fuentes se estrellaban a su alrededor. Una vez más, el chillido del Grifo, el chirrido del lápiz de pizarra del Lagarto y los ahogos de los cobayas reprimidos llenaban el aire, mezclados con los sollozos lejanos de la miserable Falsa Tortuga. Y así siguió sentada, con los ojos cerrados, medio creyéndose en el País de las Maravillas, aunque sabía que bastaba con abrirlos de nuevo para que todo se transformara en una realidad monótona: la hierba solo susurraría con el viento, y la charca se ondularía al mecerse las cañas; el traqueteo de las tazas se convertiría en el tintineo de los cencerros de las ovejas, y los gritos estridentes de la Reina en la voz del pastor; y el estornudo del bebé, el chillido del Grifo y todos los demás ruidos extraños se transformarían (lo sabía) en el clamor confuso del bullicioso corral, mientras que el mugido del ganado a lo lejos ocuparía el lugar de los pesados sollozos de la Falsa Tortuga. Por último, se imaginó cómo esa misma hermanita suya, con el tiempo, sería ella misma una mujer adulta; y cómo conservaría, a lo largo de todos sus años maduros, el corazón sencillo y amoroso de su infancia; y cómo reuniría a su alrededor a otros niños pequeños, y haría que _sus_ ojos brillaran ansiosos con muchos relatos extraños, quizá incluso con el sueño del País de las Maravillas de antaño; y cómo sentiría con todas sus penas sencillas, y encontraría placer en todas sus alegrías sencillas, recordando su propia vida infantil y los felices días de verano. FIN